31 de enero de 2013

Una gran lección catequética 1 Cor (12,12-30)

El pasado domingo 27 de Enero de 2013, 3º del Tiempo Ordinario - Ciclo C, los textos de las Sagradas Escrituras que se leyeron desde el ambón de la Capilla de las Hermanitas de las Pobres de Salamanca, no pasaran en absoluto desapercibos ni para mi ni para muchos de los que compartimos la Eucaristía dominical. Sin desmerecer la Lectura del libro de Nehemías (Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis) o el propio Evangelio de Lucas (1,1-4;4,14-21) referido a la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret, sin duda me quedo con la epístola de Pablo a los Corintios, que no deja de ser para mi toda una lección magistral del verdadero significado del ser cristiano, hermano y, por qué no, cofrade. Te invito a que la leas y después, si te apetece, reflexionamos sobre ella.


Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Si el pie dijera: «No soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito.» Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan. Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían. Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?

¿Es por tanto la diversidad de profesiones, de funciones o de responsabilidades, un obstáculo para la unidad de las personas que nos consideramos cristianos y formamos parte de lo que llamamos Iglesia? ¿La pluralidad de opiniones es un elemento enriquecedor y por tanto un plus que contribuye a que crezcamos en comunidad y fraternidad o por contra es la razón más evidente para justificar que lo que dice San Pablo no es así, que realmente no queremos ser un solo cuerpo y que yo "soy ojo", "tu eres piernas" y "el es mano"?

¿El que tu seas apóstol y yo maestro, implica que tu eres mejor que yo o que tu debes someterte a mi disciplina o a mi arrogante prepotencia? ¿Vale todo, a cualquier precio, con tal de mantener un estatus, un poder temporal o simplemente un estado permanente de crispación y conflicto? ¿Dónde dejamos los mensajes amaros los unos a los otros... Dios es amor, etc? ¿Realmente los más débiles son los más necesarios, apreciamos más a los que nos parecen más despreciables, amanos más o menos a los indecentes? ¿El perdón, el arrepentimiento, el respeto y la tolerancia están solo presentes en los textos o también en nuestras conciencias y en nuestras almas?

Son preguntas que seguro rondan por tu mente, al igual que por la mía. Preguntas que tienen su respuesta, pero no en los comentarios que hacemos en las redes sociales, ni en el libro de Grey o en las tertulias del sálvame-cofrade- de lux. Las respuestas nos las dejó dadas y escritas con su ejemplo ese Jesús por el que daríamos la vida (?), al que profesamos un amor eterno, por el que nos partimos el pecho dándonos unos golpes impresionantes y al que se me antoja que debe estar sumamente triste por mi comportamiento, por el tuyo y por qué no, por el de tantos muchos a los que nos gusta jugar a hacernos la puñeta cada día, amparándonos en una legitimidad que nadie nos ha dado o sencillamente porque el mal está presente en nuestro corazón y hemos de darle su espacio.

Concluyo con una reflexión personal que no es necesaria que compartas, pero ten la seguridad de que está hecha desde la humildad y desde este corazón macareno que estoy convencido que sufre tanto como el tuyo, aunque entre ambos existan a veces millones de obstáculos que impiden nuestra unidad:

A veces nos empeñamos en buscar en los demás cualidades que nunca han tenido y les exigimos que cambien su actitud, su comportamiento, sus manifestaciones. Les recriminamos porque no actúan como nosotros queremos e incluso llegamos a sentirnos decepcionados, defraudados y engañados porque no entendemos que puedan ser capaces de actuar de un modo que atenta contra nuestra moral, nuestro sentir, nuestros pensamientos. Y todo, absolutamente todo, se encuentra en la mayoría de las ocasiones en nuestra mente egoísta, que se encarga de entrometerse en nuestros corazones, alterando nuestra paz interior y generando conflictos de amistad irreconducibles e irreconciliables. De ahí, a la ruptura, al fracaso, a la frustración, a la infelicidad, solo hay un paso. Por eso, querido "tu" que me lees, no olvides que hay cosas que para sentirlas, para comprenderlas, para describirlas, antes hay que vivirlas. Y que hay una gran diferencia entre renunciar a algo y saber que ya es hora de decir que"ya he tenido suficiente". Nunca pierdas la Esperanza.