21 de febrero de 2017

Las Casas de la Juderia - La Sevilla desconocida

No todo en Sevilla es Semana Santa, cofradías, templos, imágenes del Señor o de la Virgen. De vez en cuando necesito abrir el corazón en busca de otros espacios en busca de sensaciones que me permitan olvidar la rutina diaria. Es una forma de evadirme de los problemas y quehaceres diarios, dejando que sea el corazón el que me guíe, hasta perderme en el infinito, sin perder nunca la Esperanza.

Desde la Estación de Santa justa hasta la Plaza de Santa María La Blanca apenas transcurren diez minutos en taxi. Entre calles estrechas, el taxista maniobra con maestría, tal capataz del paso. El sol cae desde lo alto sobre las terrazas de la plaza. En Sevilla, el invierno castellano se convierte en primavera y propios y extraños aprovechan para disfrutar de las tapas y la cerveza permitiendo que los rayos del formen parte de la compañía.

Con tan solo traspasar el majestuoso portón que da acceso a la recepción del Hotel, la mente te traslada al siglo XIII cuando el Rey Fernando III de Castilla conquistó la ciudad hispalense y los judíos se asentaron en esta zona de la ciudad comprendida entre los barrios de Santa Cruz y de San Bartolomé. De algún modo “implica sumergirse en una Sevilla desconocida para muchos”.

El Hotel “Las Casas de la Judería” es toda una manifestación de la labor restauradora llevada a cabo por el Duque de Segorbe durante 30 años, para adaptar al uso hotelero un conjunto de 27 casas nobiliarias y populares en un proceso que se me antoja ilimitado: Casa del Convento de Santa Clara, Casa del Escribano, Casa de la Dama, Casa de la Caridad, Casa del Tallista, Casa del Cabildo, Palacio de los Zúñiga, Casa del Relojero, Casa de la Vaquería, Palacio de los Padilla… Así hasta completar el total de 27.

Antes de llegar a la habitación, una de las 134 que forman parte del conjunto hotelero, es imposible no perderse entre sus más de 40 patios, jardines, túneles y laberínticas callejuelas interiores. El blanco y el “ocre – albero” tiñen las fachadas de estos emblemáticos edificios rodeados por fuentes, estatuas, columnas, celosías, pedestales, escaleras y variada vegetación.

Todo es un museo en este enclave. Salones como el de los Espejos, Bodegones o el Piano Bar, albergan muebles de la época rodeados por cuadros, lámparas, figuras, ánforas, etc.

Ya solo queda, para “enmarcar” semejante derroche de historia, arte y cultura, disfrutar de la estancia en una habitación que parece sacada de los cuentos de “Las mil y una noches”.

Y hasta aquí puedo escribir a la vez que invitarte, si tienes la posibilidad, a que descubras este encanto sevillano en una de esas escapadas que los cofrades nos gustan hacer a la ciudad del Guadalquivir.

Acompaño este post con una serie de fotografías tomadas con el móvil y que espero sirvan de complemento para dar testimonio a mis palabras.