2 de abril de 2017

El ocaso de un costalero de Esperanza


Muchos meses he tenido que esperar para encontrar el valor suficiente que me permitiese escribir este post. Tiempo que, estoy convencido, ha contribuido a la divulgación de rumores, noticias infundadas e incluso algún que otro comentario poco acertado que dista mucho de la verdad o realidad de mi estado. En cualquier caso, asumo el “mea culpa” por no haber sido lo suficientemente valiente para poner de manifiesto lo que ya es una noticia conocida por prácticamente todos.

A primeros de noviembre pasado me encontré con la inesperada “visita” de una lumbalgia que consideré típica de alguna mala postura, causa del frío o de la humedad. Ello me llevó a estar unos días de reposo confiando en que pronto pudiera enderezar mi columna y continuar mi vida normal. Así me lo hicieron saber en el centro de salud. Y así fue en principio, salvo que los incesantes y, a veces inaguantables dolores, no cesaban.

Preocupado por la situación acudí a una clínica privada especializada en este tipo de dolencias y, a partir de ahí, todo se convierte en pasado; el presente se detiene y el futuro se vuelve incierto. Tras la exploración y pruebas pertinentes llega el mazazo, ese que nunca esperas por muy posible que sea, y que te deja sin reaccionar. El diagnóstico médico, a priori, hacía refería a varias vértebras lumbares comprimidas, en concreto la L4 y L5 y ésta a su vez con la sacra S1.

Si algo he aprendido a lo largo de este tiempo que he estado junto a mis hermanos y compañeros de cuadrilla, junto a mi capataz D. Antonio Santiago Muñoz y su equipo, es que un costalero ha de ser sincero consigo mismo y con los demás, respetuoso, responsable y leal con la Hermandad y con Nuestros Titulares. Y así creo haber actuado. Lo “fácil” hubiera sido ocultarlo, aguantar los dolores y despedirme de Ella y de mis hermanos en esta próxima Semana Santa. ¿Y después qué? Los que me conocéis sabéis sobradamente que me gusta ir de frente, que odio las injusticias y, por supuesto, las mentiras. No seré yo, por tanto, quien incurra en esas malas artes.

Por ello, el 4 de diciembre pasado, día de la convivencia de la cuadrilla de costaleros y familiares, puse en conocimiento de nuestro capataz y del resto de su equipo, mi dolencia y las consecuencias que aparejaban. Evidentemente, mi trayectoria como costalero se había truncado definitivamente, sin esperarla, sin desearla y, aún en estos momentos, sin aceptarla. Tras cuarenta días de rehabilitación y por qué no, de Esperanza, la situación no varió, de hecho a penas a cambiado. Los dolores físicos no cesan y los otros, lo que salen del alma y del corazón, cada día se vuelven mucho más difíciles de soportar.

A mediados del pasado mes de marzo me realizaron una resonancia magnética que vino a confirmar y a poner un nombre más técnico a mi dolencia: “protusiones discales en las citadas vértebras lumbares y sacra. Actualmente estoy en manos de un gran fisioterapeuta que con extraordinarias aptitudes y actitudes va consiguiendo paliar los dolores de espalada que no cesan desde entonces, amén del “nolotil”, que en algunos momentos no solo es imprescindible sino que casi hace milagros.

Los otros dolores, los del corazón, son los que sólo con el consuelo de haber sido costalero de la Madre de Dios junto a ti, junto a mis hermanos costaleros, durante ocho años, intento infructuosamente que no me pasen factura. Cuando un aspirante consigue entrar en ese bendito palio, muchos somos los que acudimos a felicitarle, apoyarle, ayudarle… Pero cuando uno se retira involuntariamente, sin esperar, la retirada se hace en silencio, uno se siente inútil, fuera del grupo al que ha pertenecido durante un determinado tiempo y solo le queda asumir que la salud es lo primero, que nada ni nadie me va a quitar mis momentos, mis emociones, mis enseñanzas, mis amigos y, especialmente, el privilegio de haber podido ser sus pies, algo inimaginable para un costalero llegado desde Salamanca para estar junto a Ella.

No sé que me tendrá reservado el futuro, sólo sé que no deseo desligarme de la cuadrilla, que me gustaría seguir siendo útil desde otra instancia, desde la más baja que exista, aunque soy consciente de que no es fácil acoger a un “costalero tullido y, para más INRI, de fuera de Sevilla”. Solo Ella, Nuestra Madre Bendita de la Esperanza, decidirá lo que desea para este discípulo suyo que un día se mal-levantó y ya no podrá volver a meterse bajo las trabajaderas, por mucho que su corazón macareno siga sintiéndose costalero.

Sería injusto concluir este post sin agradecerte, sin agradecer a mis hermanos costaleros, a mi capataz, que me acogieran entre los tuyos, que me ayudaran cuando mis fuerzas o mi mente flaqueaban, que os interesarais por mis desplazamientos, que me abrazaseis en esos momentos en los que todos sabemos que un abrazo dice más que muchas palabras, que me enseñarais a hacerme la ropa, a “ir siempre de frente”, a quererla, respetarla, sentirla, llorarla y amarla.

El “ocaso” de este costalero salmantino-sevillano se ha hecho presente cuando aun el sol brillaba en lo más alto. Y desde esa nueva condición que me ha reservado el Señor, seguiré participando en la vida de la Hermandad como lo venía haciendo hasta ahora. Porque uno es hermano antes que costalero y, por encima de todo, macareno de corazón.

En unos días Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y Nuestra Madre de la Esperanza Macarena llenarán Sevilla de Amor y Esperanza. Serán momentos difíciles para mí, especialmente cuando te vea, cuando os vea, cómo paseáis a la Madre de Dios, cómo rezan los costaleros macarenos. De un modo u otro estaré cerca de Ella y de vosotros, seguro de que bajo las trabajaderas benditas del palio de Nuestra Esperanza, se encuentran “los mejores arcángeles de arpillera” dispuestos a entregarle todo su amor, esfuerzo y sacrificio.

Gracias a ti Madre Santísima de la Esperanza, por haber permitido que sea “tus pies” durante estos inolvidables años. A mi Hermandad de la Macarena, a mis hermanas y hermanos, a la Junta de Gobierno, al equipo de capataces, a todos con los que a lo largo de estos años he podido compartir mis experiencias, mis alegrías, mis emociones. A quienes habéis soportado mis “historias para no dormir”, a mis hijos por haberles restado mi atención mientras iba y venía a las igualás y ensayos, y a una larga e interminable lista de amigos y conocidos que han querido acompañarme en esta experiencia única que, desgraciadamente, ha llegado a su fin.

Y perdón a vosotros, mis hermanos costaleros, por no haberos comunicado mi situación personalmente o con anterioridad. De corazón os digo que no es fácil hacerlo. Disfrutad de cada chicotá, de cada levantá, apoyaros y respetaros y, no olvidéis que nada es para siempre, salvo nuestro amor y devoción a Nuestra Esperanza y a su Hijo Sentenciado.

Un abrazo macareno.

Ángel Hernández Torres “Salamanca”

Muchas son las fotografías que durante estos años he ido conservando desde aquella última igualá de aspirante en 2009 hasta mi última Estación de Penitencia del pasado año. Una lista interminable que dan testimonio de lo privilegiados que somos los que hemos tenido la dicha de ser elegidos para llevar a Nuestra Esperanza Macarena sobre nuestra cerviz. Una suma de recuerdos entre los que se mezclan emociones, sentimientos, amistad, trabajo... Sirvan estas cuantas instantáneas para plasmar esta bonita historia que llevaré en mi corazón hasta el resto de mis días.