1 de diciembre de 2015

La Inmaculada Concepción versus Esperanza Macarena

Viernes, 8 de diciembre de 1854. Desde las seis de la mañana, las puertas de San Pedro estuvieron abiertas y, a las ocho, la inmensa basílica ya estaba repleta de pueblo. En la capilla Sixtina, donde estaban reunidos 53 cardenales, 43 arzobispos y 99 obispos, llegados de todo el mundo, tuvo inicio una gran procesión litúrgica que se dirigió hacia el altar de la Confesión, en la basílica del Vaticano, donde Pío IX celebró la Misa solemne.


Al terminar el canto del Evangelio en griego y latín, el cardenal Macchi, decano del Sacro Colegio, asistido por el miembro de mayor edad del episcopado latino, por un arzobispo griego y uno armenio, vino a postrarse a los pies del Pontífice a implorarle, en latín y con voz sorprendentemente enérgica para sus 85 años, el decreto que habría de ocasionar alegría en el Cielo y el mayor entusiasmo en toda la Tierra. Después de entonar el Veni Creator, el Papa se sentó en el trono y, portando la tiara sobre la cabeza, leyó con tono grave y voz fuerte la solemne definición dogmática.



Desde el momento en que el cardenal decano hizo la súplica para la promulgación del dogma hasta el Te Deum, que fue cantado después de la Misa, a la señal dada por un tiro de cañón desde el Castillo de Sant’Angelo —durante una hora, de las once al mediodía— todas las campanas de las iglesias de Roma tocaron festivamente para celebrar aquel día.


El primer gran acto del Pontificado de Pío IXla definición del dogma de la Inmaculada— es mucho más que la pública expresión de aquella profunda devoción a la Santísima Virgen, que desde la infancia había caracterizado la espiritualidad de Giovanni María Mastai Ferretti. Manifiesta su profunda convicción en la existencia de una relación entre la Madre de Dios y los acontecimientos históricos, y, de modo particular, de la importancia del privilegio de su Inmaculada Concepción, como antídoto para los errores contemporáneos, cuyo punto de apoyo está precisamente en la negación del pecado original.



El fundamento de este privilegio mariano está en la absoluta oposición existente entre Dios y el pecado. Al hombre concebido en pecado se contrapone María, concebida sin pecado. Y a María, en cuanto Inmaculada, le fue reservado vencer al mal, los errores y las herejías que nacen y se desarrollan en el mundo a consecuencia del pecado. De María la Iglesia canta la alabanza: Cun ctas haereses sola interemisti in universo mundo.

Fuente: Foro Católico. Fotografías: Gentileza de MPPG.


Mirad hoy, resplandeciente,
a la Reina celestial.

Mirad cómo tiembla el mal
y se esconde la serpiente.

Vestida de sol ardiente,
la luna por pedestal
y, cual corona nupcial,
doce estrellas en la frente.

Es la Sierva y la Señora,
la Virgen profetizada,
del Sol naciente la Aurora.

Viene de gracia colmada,
pues su Hijo, en buena hora,
quiso hacerla Inmaculada.


En el primer lucero concebida
sin mancha original, intacta, pura,
como Arca de la Alianza tú estructura,
el Vaso Espiritual para la Vida.

Madre de la Divina Gracia, ungida,
Puerta del Cielo, la Hija de la Altura,
Estrella de la humana singladura,
luz y consuelo, bálsamo en la herida.

Eres la Rosa Mística que aroma
el destierro y las lágrimas enjugas
con tu arrullo amoroso de paloma.


Virgen y Madre de Dios.
Deciros fuente sellada,
deciros puerta cerrada,
y de aguas vivas un pozo;
no sentiréis tanto gozo,
cuanto en ser Madre llamada.

Por Madre de Dios tenéis
la mano en nuestra concordia:
por Madre de Dios podéis
llamaros, cuando queréis,
Madre de misericordia.
Por Madre de Dios querida,
que es la vida, sois Vos vida:
por Madre, Nuestra Esperanza,
por Madre, nuestra holganza,
por Madre, nuestra escogida.