28 de noviembre de 2009

El Rocío - Noviembre 2009

Confieso que siempre me he sentido atraído por la devoción a la Virgen del Rocío, de igual forma que siempre la he contemplado como una imagen de María muy distinta a lo que estoy acostumbrado. Muchos amigos y conocidos, que han tenido la dicha de hacer el camino, de presenciar su procesión o solamente peregrinar en cualquier época del año, me habían comentado que cuando estuviese frente a Ella, junto a Ella, mi manera de pensar iba a cambiar. Y así ha sido.





El pasado sábado día 21, por medio de la excursión organizada por mi Hermandad de Jesús Despojado de Salamanca, dí con mis pies en el polvo del camino y cual romero cualquiera, pero atavíado con zapatos y americana de pana - vaya una facha para caminar por la aldea - fui acercándome a la majestuosidad de la ermita almonteña (iba a decir bañada por el agua de las marismas, pero mentiría) y adentrándome en ella, clavé mi mirada en ese rostro divino que muchos llaman la Blanca Paloma. Entre sus manos, contra su pecho, el Niño Dios, Nuestro Señor, era testigo fiel de mi emoción y de la de mis hermanos.


No os engaño si os digo que entre los cruces de miradas hay un tiempo en el que uno está y no está. Vamos, que Ella te acoge junto a Su Hijo y te arropa a la vez que te dice: "Yo estaba allí cuando el Señor nos envió su Espíritu de igual forma que ahora lo hace sobre ti".






Hablas con Ella como solo lo haces con una madre y con la certeza de que Ella siempre está ahí, atenta, intercediendo, protegiéndote, pendiente de todos y cada uno de tus actos... Le rezas, le pides, le suplicas, le das gracias...







Sales y vuelves a entrar, pues no puedes estar mucho tiempo fuera sin querer volver a reencontrarte con Ella, con estar a su lado. Y la vuelves a mirar y notas como tu corazón recibe la luz, la fuerza, el poder del Pastorcito Divino que te sonríe y te da la paz que necesitas.





Fuera, en el inmenso paraje donde se asienta la ermita, todo es un derroche de hermosura. A lo lejos, los caballos pastan ajenos a lo que se vive al otro lado, mientras reciben los rayos de un sol que hace justicia al maravilloso entorno. Y uno recuerda esas mañanas calurosas de misas de romeros o el rezo del Santo Rosario previo al "salto de la reja" y procesión. ¡Que distinto es verlo por televisión desde el sofá de tu casa!





Ahora ya no tengo excusa para no volver. Ella, siempre Ella, cautiva mi corazón. Porque es Esperanza en mi vida; porque es Caridad y Consuelo de mis penas; porque es Auxiliadora de mis debilidades; porque es quien me guía desde su barquita en la noche oscura; porque es Soledad sin soledad; porque es el Rocío que refresca mi espíritu... Porque es mi Madre.





Dedicado a mis hermanitas de los pobres, Sor Concepción, Sor Asunción y Sor María Teresa. Rezaré por vosotras, para que sigáis con vuestra misión en el nuevo destino. Estoy seguro que, como Santa Juan Jugan, no cejareis en dar vuestro amor a los ancianos. Un abrazo.