31 de octubre de 2013

La víspera de Todos los Santos. "Magosto, qeimada, Don Bosco..."

En la víspera del día de Todos los Santos, quiero compartir contigo este post que cuando menos me produce unos emotivos sentimientos fruto del recuerdo de una época de mi vida, de mi adolescencia, en la que mi personalidad se fue forjando a veces a base de “golpes” y otras de “cariño”, pero siempre válidos y necesarios para afrontar los retos que a diario se me han ido presentando.

No soy contrario a Halloween, pero no “lo practico”. Como puede ocurrir con otras tradiciones importadas de los países anglosajones, ésta tiene un arraigo especial en los niños – truco o trato – quizás por lo atractivo de los disfraces, de la mezcla de colores tan opuestos como el negro y el naranja, por la influencia mediática o vete tú a saber por qué. El caso es que existe, que se ha instalado también en nuestra sociedad europeísta y que personalmente dejo a otros el debate de si se trata de una celebración secular o si tiene alguna reminiscencia religiosa.


Por el contrario, sí que tengo unos grandes y profundos recuerdos de una noche como la de hoy. El internado salesiano de la Escuela de Aprendices de Renfe de Villagarcía de Arosa (Pontevedra) fue durante dos años “mi hogar”, donde compartí momentos, experiencias, aprendizajes y donde también descubrí el amor, aunque tal vez fuese un amor con letra pequeña si tenemos en cuenta mi juventud.

En Galicia, entre el 1 de Noviembre (Festividad de Todos los Santos) y el 11 de Noviembre (San Martín) es costumbre celebrar la fiesta del “Magosto”, en la que se conjugan elementos como el fuego, las castañas, el vino o aguardiente, las canciones, etc.


Y en mi colegio salesiano, bañado por la Ría de Arosa, esta celebración estaba muy presente en la víspera de Todos los Santos, celebración que se unía al “Milagro de las castañas de Don Bosco” y cuyo texto te invito a leer:

“Un 4 de noviembre, tras la visita al cementerio, Don Bosco reparte castañas a los jóvenes del Oratorio. Mamá Margarita había asado sólo tres bolsitas de castañas, cantidad totalmente insuficiente para tantos jóvenes. Buzzetti, que le ayuda en el reparto, le aconseja a Don Bosco que dé menos castañas y más despacio. Pero Don Bosco no escucha y continúa tranquilamente repartiendo castañas con entusiasmo. Unos seiscientos jóvenes pasaron ante él y todos recibieron un buen puñado de castañas. Las castañas se multiplicaron en manos de Don Bosco.

De pronto casi se hizo silencio. Centenares de ojos desencajados miraban a aquel cesto que no se vaciaba nunca. Hubo para todos. Quizás por primera vez, con las manos llenas de castañas, gritaron los muchachos aquella tarde: “¡Don Bosco es un santo!”.


Desde entonces, cada colegio salesiano, el nuestro también, vive con entusiasmo el recuerdo de este milagro que tiene un significado en cuanto que representa el amor de San Juan Bosco por los jóvenes, los chicos y chicas.

Y como tales jóvenes, la mañana del 31 de Octubre procedíamos a tomar unos cuantos bidones de aceite, los cuales se convertían en las mejores “parrillas” para recibir el calor del fuego de grandes hogueras con las que asar cientos y cientos de castañas para todos los “aprendices” del internado.

El fruto del castaño se acompañaba de la conocida “queimada”. En grandes y apropiados recipientes traídos desde la cocina del colegio, vertíamos suficientes litros de aguardiente, junto al azúcar, la corteza de limón y unos cuantos granos de café sin moler. Las luces del pórtico del colegio se apagaban, para dejar espacio a la “magia”. Un ritual, que según la tradición, va dirigido a alejar los malos espíritus y a las meigas. Mientras unos levantaban el cucharón envuelto en aguardiente y llamas, creando un ambiente envolvente, otro procedía a la lectura del conjuro, generalmente en gallego, el cual no voy a reproducirte en su totalidad y si en su parte final por lo llamativo de su mensaje:

Con este cazo
elevaré las llamas de este fuego
similar al del Infierno
y las brujas quedarán purificadas
de todas sus maldades.
Algunas huirán
a caballo de sus escobas
para irse a sumergir
en el mar de Finisterre.

¡Escuchad! ¡Escuchad estos rugidos...!
Son las brujas que se están purificando
en estas llamas espirituales...
Y cuando este delicioso brebaje
baje por nuestras gargantas,
también todos nosotros quedaremos libres
de los males de nuestra alma
y de todo maleficio.

¡Fuerzas del aire, tierra, mar y fuego!
a vosotros hago esta llamada:
si es verdad que tenéis más poder
que los humanos,
limpiad de maldades nuestra tierra
y hacer que aquí y ahora
los espíritus de los amigos ausentes
compartan con nosotros esta queimada.


Y entre cantos tradicionales procedentes de todos los lugares de la geografía española (Andalucía, Asturias, Castilla, Rioja, Galicia, etc.) y con la moderación impuesta por los curas, nos íbamos a la cama con un sentimiento agridulce, y no por culpa del aguardiente o de las castañas, sino por la mezcolanza entre el ambiente festivo y la “morriña” que se generaba en nuestros corazones recordando a nuestros seres queridos, tanto a los que un día partieron de esta vida, como a los que se encontraban a cientos de kilómetros de nosotros.


"Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá". Que su muerte en la Cruz no sea una muerte en balde, sino la luz que ilumine nuestros corazones de Esperanza, del Espíritu y de la fortaleza necesarios para afrontar los retos de cada día y la llama que acreciente nuestra Fe y el Amor por los demás. 

A ti, que un día tomaste su mano para correr a su encuentro, mis oraciones y mi recuerdo imborrable del cariño y amor que me profesaste en esta vida. Siempre estarás en mi corazón...