25 de marzo de 2015

X Pregón de la Semana Santa Joven - Salamanca

El Pregón de la Semana Santa Joven de Salamanca fue una iniciativa que partió de la desaparecida Asociación Juvenil y Cultural Salamanca Cofrade. En el año 2011 deciden pasar el testigo a la Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus vestiduras y María Santísima de la Caridad y del Consuelo, quien no duda en asumir la organización de este acto, que dicho sea de paso, aún no está lo suficientemente valorado en los ambientes cofrades salmantinos.(¿)

La oportunidad de escuchar a jóvenes cofrades de la talla de D. Tomás González Blázquez, D. Alberto Gracia Soto, D. Angel Benito Palomino, D. Rubén Sánchez Parazuelo, D. Daniel Cuesta Gómez, etc. es todo un lujo para quienes nos gusta huir del abuso de disertaciones cimentadas en el “copia y pega”, adornadas con media docena de poesías de vete tú a saber quién las ha escrito o, como suele ocurrir desgraciadamente, de los que creen que un pregón es relatar la nómina de hermandades y cofradías que procesionan a lo largo de la Semana Santa.

Por eso que prefiero disfrutar de la pasión y sentimientos que brotan de estos jóvenes corazones cofrades, que van por la vida sin red, con el desparpajo que les permite su envidiada edad, que consiguen subirte los congojos a la garganta y notar ese pellizco en el corazón con el que resarcirte de los malos momentos que la vida – o los de siempre – te regalan cada día.

En este 2015, y no por casualidad, hemos llegado al X Pregón y como con buena mimbre se hacen buenos cestos, he de “pregonar” bien alto que D. Álvaro Sánchez Hernández ha querido y sabido deleitarnos con un pregón de los que se recordarán a lo largo del tiempo. Por cierto, “buenas mimbres” también las que atesora D. Jesús López Martín, al que es de justicia reconocer una presentación al pregonero que muchos quisieran para ellos.

No siempre tengo la oportunidad, como en este caso, de contar con los textos completos, presentación y pregón, por lo que agradezco a los mencionados D. Álvaro Sánchez Hernández y D. Jesús López Martín su gentileza a la hora de cedérmelos para su publicación en el blog, así como a Salamanca RTV por las fotografías con las que complemento este post.



Presentación del Pregonero Joven de la Semana Santa de 2015


Ilustrísimas autoridades Ilustrísimo Sr. vicario etc. Señor Hermano Mayor, grupo Joven y hermanos de la Hermandad de Ntro. Padre Jesús despojado. Señoras y señores:

Buenas Tardes.

Hoy tomo la palabra ante vosotros para una grata tarea, la de presentaros a la persona que anunciará a los mas jóvenes que la semana de pasión esta cerca.

Hoy vengo a presentaros a Álvaro Sánchez Hernández.

Las personas somos el fruto de las enseñanzas, de las experiencias, de los aciertos o de los errores de nuestros padres, de nuestros maestros. Nadie nace enseñado, y todo el mundo solo sabe a ciencia cierta que no sabe nada, hasta que se lo enseñan, o hasta que lo aprende.

Sócrates solía poner de ejemplo ante sus discípulos a sus propios padres. En una mano ponía a su padre, escultor, que tallaba, o mejor dicho, liberaba del mármol los cuerpos apolíneos de los dioses Griegos y los héroes mitológicos. En la otra estaba su madre, comadrona, que ayudaba a traer al mundo y a la vida a los niños. Solo había que juntar las dos manos, el cuerpo y la existencia, y ahí estaba el fruto, el milagro. La escuela era la vida mientras se tuvieran ganas de aprender y para eso, siempre se es joven solía decir

Diréis que porque os cuento esto, simplemente por que me resulta muy frío hablaros de Álvaro sin mencionar primero a sus padres, a José Luis y a Maite.

La disciplina y la obediencia es premisa de la carrera militar de José Luis, pero mayor es la premisa del servicio a los demás por encima de todo, premisa que le valido varias condecoraciones.

El cuidado a los enfermos es en Maite no solo una profesión, sino una vocación, una devoción tan grande, por la cual, cuando los cambios de la legislación en cierto momento le exigieron una mayor categoría profesional, no dudó, a pesar de contar ya con familia propia, en pedir el turno de noche, dejar por la mañana los niños en el colegio y asistir a clase, para sacarse el titulo correspondiente. Sacrificios de esas mujeres trabajadoras que demuestran que las madres están hechas de otra arcilla, de otra pasta.

De ellos yo personalmente nunca podré agradecerles lo suficiente su colaboración en la organización del Vº centenario de la Vera Cruz, cuando en el empeño por mostrar a escasos centímetros del suelo todo nuestro patrimonio, en aquella exposición que aun hoy se recuerda, José nos gestionó que fueran las furgonetas del ejercito de tierra las que trasladaran peanas y paneles, arcones y cajones desde la cochera de la Vera Cruz hasta el Palacio Episcopal, no sin cierto estupor por parte de los vecinos de la calle Sorias, de los cuales alguno nos llego a decir entre chascarrillos algo así como “no, si ya sabíamos que a vosotros tarde o temprano os mandaban los tanques”.

Fue Maite la que una mañana de octubre, nos abrió las puertas de radiología para que la segunda persona de la Santísima Trinidad, en el Hospital de su mismo nombre, el que cada domingo de Resurrección se alza triunfante, se sometiera desinteresadamente a un examen radiológico de los tobillos para su posterior restauración. Ella misma empujaba la camilla en la que el Resucitado, cubierto por una sabana hospitalaria a modo de santo sudario, ante posibles ojos indiscretos avanzaba como un paciente más por los desangelados pasillos de un hospital casi de madrugada.

Colaboraciones entre otras como veis, impagables por nuestra parte, por mas que les pudiéramos poner precio.

Pero fue hace 26 años, cuando José y Maite firmaron quizás su mayor aportación a la Semana santa. Álvaro, o Alvarito como le conocemos sus amigos, ese niño que nació con el defecto o la virtud, según se mire, que tenemos la mayoría de los aquí congregados, el “gen cofrade” y que en este caso fue azul. A Álvaro y a su hermana Ana, sus padres le enseñaron lo más grande que se le puede enseñar a unos futuros cofrades, nuestras tradiciones.


La vinculación familiar en la Parroquia de San Pablo era motivo inexcusable para, cada primer viernes de marzo, guardar la cola para acercarse a ese medidor que los niños salmantinos tuvimos, y aun tienen, en el pie de Jesús Rescatado. Porque sabéis que el primer viernes de marzo, las madres ya saben lo que van a tener que sacar del dobladillo de la túnica ese año, según lo alto que ha habido que auparlo para que llegue al pie, o si ¡míralo cuanto ha crecido!, ¡si ya llega el solo!

El Domingo de Ramos, ropita de estreno y la ramita de laurel, las obleas bajo el brazo por si tenéis hambre y el globo, del dibujo animado de moda, sobrevolando la plaza. La familia junta mientras pasa el amigo de todos los niños, ese Jesús, al que algunos tanto añoramos, melancólico y simpático que desde lo alto de un burrito nos bendecía a todos, niños y mayores, mientras entraba en esta Santa Jerusalén de piedra dorada.

El Jueves la suelta de palomas en el atrio de la Catedral para que llevaran paz por todos los rincones del mundo. Los primeros grandes madrugones eran para ver la de “la de las cinco de la mañana”, y por la tarde, sentados en el bordillo de la acera malcontar los catorce pasos que salían en la grande. - ¿estáis cansados? si aguantáis nos quedamos a ver a la Soledad ¿vale?

El Domingo siguiente todo acababa cuando aquella Virgencita que durante el año siempre estaba guardada, salía de San Esteban primero, de las Ursulas después y de su propia casa al final, para encontrarse con otro Cristo, sonriente y simpático como el del domingo anterior.

Y más o menos por ahí fue cuando a Álvaro se le activo su genoma cofrade y supo que tenía que ponerse el capirote azul inmaculado.

Álvaro era de esos niños que aparecía y desaparecía por los rincones de la Vera Cruz, en muchas ocasiones aun con el uniforme puesto de las Teresianas, y que, a medida que iban pasando los años, se iba desenvolviendo con soltura, como el que se encuentra en su casa.

A Álvaro ya no había que decirle que hiciera tal o cual cosa, el sabía perfectamente lo que hacia falta cuando hacia falta, y el orden de prioridades. No era raro entrar y encontrártelo limpiando la plata, las tulipas, los incensarios. Cuando te descuidabas estaba encaramado en un paso, poniéndole las potencias a los azotes, o la corona de espinas a la caña.

Cada septiembre recolectando junto a su padre los cardos que el lunes santo formarían ese calvario rustico que soporta el Doctrinos.

Preguntón y dispuesto siempre a aprender. Critico en las asambleas y defensor de sus amigos y sus opiniones, por las cuales, en alguna ocasión, la procesión le ha ido por dentro.

Durante la Universidad, y debido a que sus estudios de arquitectura le obligaron a trasladarse a la ciudad del Pisuerga, solo los viernes, durante el curso, podía seguir disfrutando de nuestra cofradía. Viernes como si fueran eternos viernes de cuaresma pero sin torrijas ni pestiños, de larga espera semanal para que llegado el día, y traspasado el portillo de la cochera, ponerse el mono de trabajo y junto a otros ayudar a cortar y calar las maderas, barnizarlas, o irle dando forma uno tras otro a los pasos que en transición, debían renovar las maltrechas carrozas sobre los que salían las mas señeras imágenes de la Pasión.

A Álvaro no ha sido difícil verle de acolito turiferario, portando la cruz de guía, cargando el paso, el que tocara. De monaguillo en las grandes solemnidades de la Cofradía, o de pertiguero revestido de Dalmática azul el primer Domingo de Ramos que Jesús Despojado cruzó el umbral de la Purísima.

Y no, tampoco ha sido raro verle brincar y subirse rápidamente a los pasos a poner los plásticos, cuando la dichosa lluvia se empeñaba en aparecer para estropearlo todo.

Podría contaros muchas cosas mas, sobre su año de Erasmus en Italia empapándose de los grandes maestros, de los viajes frikicofrades, muchos compartidos, y siempre aprendiendo cosas nuevas. Pero eso es mejor que os lo cuente el.

Porque Álvaro hoy esta llamado a pregonar a los que tenéis a la vida por promesa de juventud, a los que el día de mañana, como muchos de nosotros antes, tendréis que haceros cargo de cargar sobre vuestros hombros la pesada responsabilidad de mantener vivo el legado de la pasión salmantina.

Hoy comienza para vosotros vuestra semana santa. Hoy los jóvenes salmantinos anunciáis a los cuatro vientos que vuestro compromiso con nuestra pasión ha de ser firme y sincero, que el amor al El y La que van encima del paso están por encima de todo, por encima de puyas, de malos rollos y de tantos encontronazos como tenemos dentro de este mundillo de las Hermandades.

Solo una cosa mas, y tomo como mías las palabras de otro pregonero joven, el periodista Ángel Benito, el cual, en la Exaltación de la Cruz del pasado año 2014, dijo algo que muchos deberíamos empezar a tener en mente. "Dejad trabajar a los jóvenes, pero escuchando a sus mayores…"

Escuchad a los mayores, aprended de ellos, y trabajad junto a ellos. Como Sócrates, juntad las dos manos y aprovechad el fruto que sale de ellas, no dudéis en preguntar cuanto sea necesario, no calléis lo que no debéis, con lo que no comulgáis, asomaros a la escuela de la vida que para ello siempre se es joven…

Hoy los jóvenes cofrades salmantinos edificáis una pequeña parte de la historia de la Semana santa, hoy podemos presumir de lo bien que lo estáis haciendo, o de lo bien que os estamos enseñando, pues habéis elegido un arquitecto para diseñaros los planos.

Así pues, hermanos y hermanas de las cofradías, hermandades y congregaciones de la semana santa de salamanca, señoras y señores, amigos todos, tengo el inmenso orgullo de presentarles a Álvaro Sánchez Hernández, pregonero de la juventud, de la semana santa del 2015.

Muchas gracias.

X Pregón de la Semana Santa Joven


¡Paz y Bien!

Cuando Álvaro me llamó una mañana de Agosto y me encontraba en la tienda de Estela, no me podría imaginar que fuera para estar hoy delante de vosotros pronunciando estas palabras.!

Desde que dije que sí, inmediatamente después de sentirme inmensamente agradecido por acordarse de mí para tal encargo, tan solo un segundo después pensé: “Madre mía en la que me he metido”. Porque ahora que no tenía nada que hacer. Ahora que el Proyecto, los planos y el “AutoCad” me habían dado una tregua. Ahora viene el pregón y me quita el sueño.!

Desde entonces, he estado meses buscando de qué hablar esta noche y qué os podría contar para acercaros la Primavera. La primavera que trae a Cristo a Salamanca desde hace siglos. La primavera que viene inestable y desenclava al Nazareno en el Campo San Francisco. Que estalla cada Domingo de Resurrección cuando sale Jesús abrazando las calles bajo el inmenso palio azul que es nuestro cielo de Salamanca y proclama la alegría de la Vida. Entonces bajé a la Vera Cruz, a ver si encontraba, aunque fuera invierno, las palabras exactas con las que dictaros la pasión que vivo desde pequeño cuando cada año echan la flor los almendros. Me situé al lado de esos pies desgastados de tanto beso, de tantos problemas, de tantas vidas que reposan sobre ellos y respirando hondo pensé en hoy, en cómo contaros la Semana Santa que me ha hecho feliz.

Me llamo Álvaro, soy cofrade de la Vera Cruz, aunque para este mundillo soy Alvarito, sobre todo para los que me quieren y siguen viendo en mí aquel niño que empezó a desvariar con las marchas en cualquier época del año, que jugaba con pasos a ruedas y aparecía de vez en cuando a dejarme mimar por los veracruceros. Tuve la suerte de no ser cofrade de cuna y empezar a procesionar desde las aceras, de la mano de mis padres a vista de un escaso metro de altura, desde donde las cosas son más auténticas, más simples, más puras. Tuve la suerte de patear la calle, jugar con mi hermana a ver quién tocaba más capas a los nazarenos, ser pesado para bajar a ver la procesión de las 5 de la mañana y que casi, por esas casualidades de la vida, fuera mi cofradía la que me eligiera a mí un Jueves Santo de mañana y que sin darme cuenta marcaría mi vida cofrade.

Y hoy, por esas casualidades de la vida, me encuentro aquí, a los pies de este Cristo que llora por nosotros, que nos acaricia el alma mientras te tiende la mano para que no le sueltes nunca, para que caminemos juntos, alzando la voz y soportando sobre mis hombros un peso mayor que cualquier paso, el de la responsabilidad. (¡Al cielo con Él!).


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Como os decía, he tenido mucho tiempo para pensar de qué hablaros y se me han pasado por la cabeza muchas cosas. Había pensado venir aquí y hablaros del arte y la belleza de nuestras tallas sacadas de las gubias de los mejores talleres, de artistas que a través de sus obras nos han ayudado a imaginar los últimos días de Cristo. También se me pasó por la cabeza hacer un repaso histórico a través de los cinco siglos que construyen esta tradición. La forma en la que unos pocos salmantinos se unieron para hacer estos días santos y cinco siglos después año tras año repitamos sus pasos. No habría estado mal hacer una reflexión de Jesús de Nazaret, la clave de bóveda de todo esto, el hombre que pasó por el mundo haciendo el bien y lo revolucionó con el amor. O hablar de la caridad cofrade, tan demandada en estos tiempos y que en esta iglesia tiene el rostro de madre, el rostro de María. Incluso podría hablar desde mil puntos de vista, desde la frialdad de los tecnicismos, de lo puramente académico y de cosas que cualquiera puede encontrar en los libros de historia. Pero ¿Sabéis qué? esa no es la Semana Santa que a mí me emociona, la que me pone los vellos de punta. Además, cometería un error de cofrade principiante y es pensar que este “tinglao” – con todos mis respetos - sigue en pié porque son esculturas de gran valor artístico, responde a inercias o un negocio para la hostelería alimentado por turistas. Sí. Me olvidaría de lo más importante, que las cofradías las hacemos los hombres, no las imágenes y somos nosotros los que las alimentamos con un sentimiento tan grande que trasciende el tiempo. Porque la Semana Santa que me emociona y la que pervive es la que nace del corazón y de la que brotan esas pasiones que sólo se sienten de puertas para adentro, las que suceden en la intimidad, entre faroles, cirios y cruces. Entre lanas, rasos y terciopelos morados. Entre los susurros de cada oración cuando pasan las imágenes y esas pequeñas lágrimillas que limpian grandes recuerdos. Entre aquellos que viven la Semana Santa en el silencio, cumpliendo año tras año sus promesas, sus tradiciones, la penitencia anónima. Cofrades de la calle, gente corriente de a pié… cada uno de los cofrades que forman el engranaje de la Semana Santa.


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Como Pablo, Pablito como lo llaman sus papás, que con sus 8 años y sus ojos vivos lleva tachando los días desde que los Reyes Magos trajeran desde Oriente una Tablet y un balón de futbol para jugar en el recreo. Sabe que después del Carnaval viene todo rápidamente, pero 40 días son demasiados para volver a repasar los recorridos, para recortar estampas que sobre una caja valgan para montar la procesión de los 15 pasos (porque a él sí que le salen 15), para memorizar marchas y ver algún vídeo por internet. Pero todo pasa.

Cuando despierta el Domingo de Ramos y en el salón ve colgado de una percha el hábito azul y blanco tiene que frotarse bien los ojos para saber que es verdad y no una de esas pesadillas en las que angustiado llega tarde a su primera procesión. Pablito es demasiado maduro para su edad y le da igual eso de estrenar zapatos, solo quiere bajar corriendo para que le pongan la medalla e ir a la Catedral a salir con la borriquita. Con el dobladillo en la capa para sobrevivir unas cuantas Semana Santas, la sonrisa cruzando la cara y la palma en la mano, abandera una tradición, que aunque él aún no lo sepa, sobrevive solo gracias a una ilusión así. Dejad que los niños se acerquen a Él.

Su abuela se encarga de bajarlo a la procesión. Doña María posee esa fe tierna propia de las abuelas. Va a misa los domingos y fiestas de guardar, reza cada noche por sus hijos, se santigua al salir cada mañana del portal y el rosario no falta todas las tardes antes de salir a dar un paseo. Antes de cada Semana Santa María tiene sus propios ritos que cumple año tras año, como besar el pie a Jesús Rescatado o la Novena de la Dolorosa de la Vera Cruz últimamente acompañada de Pablo. Doña María rejuvenece cada vez que sus hijos delegan en ella a Pablito que, a pesar de ser un trasto y no parar quieto, es el niño de sus ojos y siente un orgullo inmenso al verle crecer, verle volar y pensar: este es mi nieto, mi niño, este es mi Pablito. Pablito aunque tampoco lo sepa, es el mejor antídoto para las penas de doña María, que aunque no son muchas le provocan algún suspiro. Este último año, durante la novena cuando pedía perdón por esas cosas en las que se le fue la mano dejó caer alguna lágrima delante de la Dolorosa y le pidió ayuda, aprovechando que Pablo miraba hacia otro lado. Sabe que aunque ella mire al cielo, siempre la escucha. Siempre lo ha hecho así. A Dios gracias no le falta salud, pero si le viniera un trabajo a su hijo… María suspira y el incienso le devuelve a la realidad de la calle. Por la calle Libreros aparecen ya los primeros niños con sus palmas y el tañido de las campanas de la catedral. Tras la cruz de guía portada por pequeños cofrades se inicia el desfile más alegre y colorido en el que se mezclan niños de todas las edades, de todas las hermandades, padres disfrutando con sus hijos en brazos aprendiendo a ser cofrades. La mañana arremolinada de sol brillando sin piedad sobre todos ellos, el aire suave, la banda tocando fuerte “Dios está aquí” sobre la algarabía de la primera procesión. El laurel. La carroza arañando los escasos centímetros que le separan de la multitud y la palmera meciéndose al ritmo del paso. Entre todos ellos está Pablito muy serio y concentrado, con los nervios ya olvidados. Su abuela lo ha visto a lo lejos y Pablito ha visto a su abuela entre el gentío. Se sonríen porque Pablo sabe de sobra que durante una procesión no se debe saludar. Su abuela le tira un beso. Cuando pasa el gigantesco paso María se santigua y se va a casa a hacer la comida. Hoy se juntan todos a comer.


***

A un par de calles de allí Ana se baja de la escalera. Acaba de poner el último clavel sobre el paso. Hoy no saldrá en la procesión, lo verá desde su balcón junto a su madre. Ana se hizo de la hermandad justo en el momento en que vio a su Jesús de blanco caminando por la calle de la Compañía una tarde fría de Febrero. Desde aquel instante se ataron de por vida sus oraciones a esa mirada con la que Jesús Despojado le habla al rincón más profundo de su alma. Allí donde solo entra Él. Hoy no saldrá en procesión, prefiere la vida de hermandad del resto del año. No le importa disfrutar esa tarde en la distancia porque es más lo que les une que lo que les separa unas pocas horas. Cada uno sumando lo que puede. Pero todos por igual.


Cuando el atardecer deja paso a la noche: Jesús Despojado acaba su recorrido en la Plaza de las Agustinas llena de gente entre filas cuidadosamente ordenadas de caperuces granate, costaleros esperando para darle la última levantá a su Jesús y la bulla de fotógrafos, amigos y familiares rodeando el paso. Alberto que ve la procesión apoyado en la pared recibe un Whatsapp de Fran: “Alberto, me subo a casa, el Perdón acaba de rezar el vía Crucis. Me voy a dormir que mañana quiero estar bien. Un abrazo” Fran es un hombre de costumbres pero huye de lo políticamente correcto, de lo establecido, de corbatas, de zapatos y demás parafernalias que debes hacer porque sí. Él madruga el Domingo de Ramos para ir a misa, se toma el chocolate con sus hermanos y apura para ver entrar la Burra antes de ir a comer. Después, si no hay fútbol (primero la obligación y luego la devoción), baja a ver las procesiones de por la tarde. Solo o acompañado, es igual, siempre se encuentra con alguien con quien comentar lo que ha mejorado el Perdón al pasar por el parque de los Jesuitas, el siempre polémico Santo Entierro y demás impresiones que se le ocurren en el momento de la procesión.


Pero este año sabe que aunque repita paso a paso sus costumbres, todo será diferente. Desde que su madre se fue hace unos meses, meses eternamente largos para algunas cosas y delicadamente cortos para curar su ausencia, está más sensible. La vida se le pone cuesta arriba y ha perdido las ganas de casi todo. Llora hacia dentro, porque es un hombre, y disfraza hacia fuera su tristeza con una tímida sonrisa, por aquello de no preocupar a nadie.

Fran es hermano de la Vera Cruz y siente una debilidad especial por el Cristo de los Doctrinos, con el que últimamente mantiene conversaciones demasiado profundas. Media hora antes de que abran las puertas, o mejor dicho, durante todo el día, tiene un nudo en el estómago que intenta desatar respirando hondo.

Al toque de campana se eleva Cristo mientras que su corazón golpea fuertemente el pecho. En esos instantes un torbellino de emociones se apoderan de él; los recuerdos inundan su mente como el incienso la capilla. Se repite la promesa de silencio, los nervios a flor de piel, el rezo bajo el caperuz, la sonrisa en los ojos, o el valor de una mirada como la de Alberto que aunque no se hablen sabe perfectamente lo que le pasa por la cabeza. Antes de abrir las puertas se baja el verdugo y también bajan todos los sentimientos de golpe. Fran se abraza al banzo y se le escapa una lágrima. No será la última de la noche.

El Doctrinos sale a la calle. El aire se para y Salamanca se entrega al silencio como si toda la ciudad rezara bajo esos brazos abiertos en Cruz de amor. Fran siempre sintió como esa imagen le escuchaba aunque tuviera los ojos cerrados y en esa noche, sentía como si Salamanca sellara sus labios para oír mejor la voz del Cristo que vela mientras se hace el dormido. Como si fuera así, con el silencio, como Cristo devolviera a Salamanca los besos que desgastan la carne vuelta a madera de sus pies. El amor eterno. Como si esa noche, a través del aire limpio, bajara de la cruz para abrazarnos y dejarnos sin respiración. Como solo abrazan los amigos. Como si esa noche bajo sus pies florecieran cardos como rosas. Como si su cruz aliviara nuestras cruces y su silencio nuestros silencios. Calle tras calle, oración tras oración.

Cuando el Doctrinos entra por las puertas de la catedral, el silencio sepulcral se rompe con la oración de los niños entre los que se encuentra Pablito ante el Santísimo Sacramento. Pablito intenta que se le oiga a él por encima de sus compañeros para que Cristo sepa que está allí, que ha ido a verle. Fran, bajo el paso, hace ese Padrenuestro suyo y de su madre. Entonces mira al cielo y sonríe porque sabe que esa noche están juntos. Respiran juntos.


***

Laura sale del hospital para que el soplo frio de la noche le devuelva a la realidad. No recuerda un martes tan largo como este y el médico de su hijo le ha aconsejado que salga un poco de la habitación porque de lo contrario ella también caerá enferma. Está cansada, cansada de vivir, cansada de esperar, cansada de luchar contra una enfermedad que arrastra a toda su familia. No quiere ver a nadie, quiere estar sola, caminar sola, hablar sola y poner su cabeza en orden. Al bajar Ramón y Cajal de camino a casa, observa un bullicio inusual para un martes a esas horas. Al llegar a la Plaza de las Agustinas repara que es Semana Santa. De frente, topa con la seria Hermandad de los estudiantes que avanza lentamente en columna negra que enfila Compañía bajo sus cruces desbastadas. Poco a poco el paso aparece a los sones de Mater Mea. “Madre mía” susurra abatida. Frente a frente con el crucificado no puede dejar de pensar cómo las drogas han agotado la vida de su hijo y cómo ella es incapaz de hacer nada para remediarlo. Luchando en una batalla que ya da por perdida. Escucha la música mientras se adelanta el paso. En ese momento sus ojos se clavan en la cara dulce de María mirando a su hijo, con la mano en el pecho intentando arrancar el dolor que le quita la vida. Laura se pregunta cómo Ella es capaz de soportar de pié el último aliento de su hijo. Se pregunta cómo es posible no derrumbarte ante las bofetadas que te da la vida, el dolor contra natura que supone devolver a la tierra a la carne de tu carne. Se pregunta por qué su hijo, en qué ha fallado ella.

Ella no cree que tenga tanta fuerza para soportarlo, siempre se ha puesto el mundo por montera pero ahora solo mira al cielo y pide a Dios que le eche un capote.

En este punto los cofrades siguen avanzando la última cuesta hasta llegar a la Clerecía. El paso se mece suavemente entre ellos, entre la música, entre el olor a incienso, entre las fachadas de la noche, entre los muros infinitos coronados por la cúpula del cielo, volviendo el silencio a la promesa, entre oraciones, entre la filas de hermanos que abrazan sus cruces con sus manos desnudas, entre el luto sencillo, entre la sombra y la piedra, sobre el esparto, bajo la promesa, sobre el último esfuerzo, bajo el sudor abrazando la madera, sobre los claveles rojos sobre los que Nuestra Madre con los ojos acaricia el cielo y observa el último aliento de su hijo que siempre es Luz, luz que Laura ya no es capaz de ver. Mañana será otro día.


***

Cuando las puertas de la Clerecía se abren para recibir a la Cruz de guía Ana abre las puertas de su balcón para inundar sus pulmones del frío perfumado en incienso. Espera que aparezca el paso para volverse a la cama. Le gusta imaginar que debajo de algún hábito negro está su padre que vuelve a hacer penitencia un año más. Pero no hay nadie que se le parezca. –Para parecerse a papá no vale cualquiera-piensa. Y mientras colocan el paso bajo el dintel de la puerta para rezar el último padrenuestro, Ana también coloca sus recuerdos importantes en un lugar principal. Mientas se santigua, Ana recuerda que cuando ella no sea nada Él seguirá iluminando el mundo y cierra las ventanas de su balcón.

A las 9 y media de la noche siguiente cuando las puertas de la Clerecía parecen ensanchar para dejar salir a Jesús Flagelado. Ana oye el murmullo que avisa que la procesión vuelve a la calle un año más y vuelve a salir al balcón esta vez del brazo de su madre. Cuando la puerta enmarca la cruz de guía que inicia el desfile se cuelga la medalla de su hermandad.

Ana vive con cierta tristeza esta noche, su casa había sido durante muchos años el taller de costura de la hermandad. En ella se cosieron mantos, túnicas y amistades puntada tras puntada. Ella, junto a su madre, con esa gracia con la que solo los grandes de corazón saben sobrellevar las adversidades, sostenían la ilusión de muchos cuando las fuerzas eran pocas. Ella, que defendía a capa y espada que las cofradías no eran una procesión, no faltaba a ningún culto durante el año. Vivía, disfrutaba y compartía cada momento de hermandad. Se encargaba de regar su Fe cada día con el Agua Viva de la Palabra. Se encargaba de mantener su pasión durante todo el año e intoxicaba a sus amigos con la alegría de revivir la magia que suponen estos días Santos.

Pero poco a poco se fue apagando la ilusión y cuando se perdió del todo no hubo nadie que consiguiera reavivar la llama. No volvió a aparecer nunca más por allí salvo para ver a su imagen cuando sabía que no se encontraría con nadie. Ahora está en ese punto de la vida en el que disfruta su Semana Santa a su manera, desde su balcón y recuerda con cariño las horas, las puntadas sobre el terciopelo y las blondas que dibujaba alrededor de la cara de la Virgen, mientras se hablaban de tú a tú. Ahora, se conforma con bajar a la Purísima y poner un manojo de claveles sobre otro paso, que aunque no es el de sus recuerdos, es del que se enamoró esa tarde de febrero.

Su madre, por su parte, intentaba ver las cosas desde otra perspectiva. Siempre vio en el Flagelado y en la forma en la que el maravilloso Carmona inmortalizó el instante en el que recoge las vestiduras, a Jesús de Nazaret. Aquel hombre que encarnó la Paz y la Justicia y que en su cara estaba escrita la palabra perdón. Siempre vio en el Flagelado, en aquel simple gesto, en aquella debilidad, en aquella mirada, una lección de amor. Aquel hombre era todo Amor. Por amor vino al mundo, por amor murió y por amor se quedó con nosotros. Y, sobre todo, que los que le siguieran se diferenciarían del resto por amor y que si nos faltaba el amor, no seríamos nada. La clave de nuestra existencia. Que sobre aquella espalda ensangrentada se cargaban todos los dolores del mundo, todos los perdones. Si Él supo perdonar en esa circunstancia, ¿por qué nosotros no? Se pregunta. Además, su madre siempre vio en el Flagelado la lección más importante de vida y que aunque ocurriera hace 2000 años estaba de plena actualidad. En este mundo en el que el amor se olvida, el perdón ni existe, en este mundo en el que todo vale.

Y a la vez que salían estos pensamientos poco a poco iban saliendo los hermanos en riguroso orden. Tras ellos, el Flagelado, escoltado por la guardia civil caminando sobre la gente despacio y hacia delante, con la mirada baja, bajo el destello de miles de miradas, de miles de flashes, sin la saeta que le recibía en la calle, con el lamento de las trompetas, como si de verdad le dolieran las llagas, como si de verdad sangrara, como si casi llorara.

Ana es incapaz de no emocionase al ver el paso bajo su balcón y sabía lo que pensaba su madre cuando el Flagelado volvía a la calle y se encontraban frente a frente. Por eso entrelazaban más fuerte sus brazos. Por eso daba tantas gracias a Dios porque por encima de todo, cada Semana Santa cuando se abren las puertas perviven las emociones, comparten los mismos sentimientos, esas cosas que no se pueden explicar con palabras y que permanecen como un poso a lo largo de la vida. La fe verdadera, la que permanece intacta y que nadie les puede robar.


***

Cuando Ana cierra las puertas de su balcón, Javier espera debajo del reloj de la Plaza Mayor a sus compañeros de banda. Antes de tocar esta noche, han quedado para tomar algo y no llegar tarde. Javier, estudiante de 3º de la E.S.O. es de esos chavales que nació semanasantero y antes de que se diera cuenta ya tenía una medalla colgada al cuello. Él, con los años, iría sumando unas cuantas más. De pequeño, en vez de coleccionar cromos de sus equipos de fútbol, coleccionaba estampas, recortes de periódicos, itinerarios, libros, vídeos que dieron paso a DVDs de todas las Semanas Santas posibles. Luego apareció YouTube en su vida y aquello ya fue una locura.

Javier era incansable cada Semana Santa. Tenía tanta ilusión que no se le resistía ninguna procesión ni ninguna hermandad. Un jueves santo, cuando volvía a ver la procesión de Amor y Paz por enésima vez decidió que quería tocar en una banda. En ella ha encontrado el lugar para expresar su fe. Comenzó con la trompeta y esta es la quinta Semana Santa, viviéndolo como la primera. Aunque vive su fe de una forma muy personal, Javier se siente a gusto musitando sus oraciones al paso de su Cristo. Y desde que es consciente de cómo funciona este mundo lamenta que muchas veces Semana Santa y Fe no vayan de la mano. Lamenta que no entendamos que en este barco vamos todos, cada uno con su red pero bajo las mismas velas, hacia el mismo puerto. Lamenta que el trabajo de tanta gente de este mundo caiga en saco roto porque nadie canaliza sus energías y gane siempre el argumento del “siempre se ha hecho así” por encima del corazón y la razón. O incluso que se valore más quien lo dice que lo que se dice, la división entre los insustituibles y los prescindibles. En vez de construir y sumar. No lo entiende. Se siente pequeño en este mundo de grandes pero se niega a quedarse de brazos cruzados.

Mientras tanto, desde que forma parte de la Banda, los amigos se han multiplicado así como los vínculos que le unen a esta banda de frikis y tontos de capirote. A todos, se les eriza el pelo cuando marcan el ritmo lento y cadencioso del Crucificado al salir por la puerta de Ramos, al sentir la misma pasión a flor de piel. Y sabe que estas cosas no las entiende nadie que esté fuera de este mundo. Que nadie sabe lo que se siente cuando toca la trompeta detrás de ese cristo que camina a su mismo ritmo, siguiendo sus pasos.

Cuando llegan a la Catedral todo está preparado para devolver a las Isabeles el cristo de la Agonía por una noche a cambio de una oración. En la penumbra de la Catedral, sobrecoge aún más esta imagen, sobre el paso de madera, sobre el Gólgota de claveles y los hachones encendidos que iluminan la cruz y la misma muerte colgando de ella... La muerte, el fin del dolor, el fin de la vida. La certeza de la muerte y la relatividad del resto es una sola estampa. Lo que más le gusta y le disgusta a Javier de esta imagen.

Ante Él, cada Jueves, rezan muchos que agonizan en vida, porque se puede morir aunque tu corazón siga latiendo. Cuando muere la ilusión, cuando muere la esperanza, cuando mueren las ganas de luchar. Cuando dejamos de tener trabajo y nos sentimos inútiles para la sociedad también agonizamos, cuando nos sentimos solos, cuando nos echan de nuestras casas o ponen fronteras que diferencia a iguales, a personas, al fin y al cabo. Morimos. Agonizamos y nos morimos poco a poco. Morimos, o incluso lo que es peor, dejamos morir porque si fuimos capaces de hacerlo con él, también podemos ser capaces de hacérselo a los que están al rededor y eso es lo que aterra a Javier. Mientras tanto, coge su trompeta, hincha sus pulmones y comienza a tocar.

Delante del paso una hilera blanca sale de la Catedral para recorrer toda la plaza de Anaya y desembocar en Tostado. Caperuces altos, los más altos y el humo colándose entre los cabellos del Crucificado, entre las ramas de los pinos de una noche despejadamente fría que se cuela a través de las alpargatas, de las vidas, buscando el calor de las voces de las Isabeles.


***

Al día siguiente Javi vuelve a tocar en la procesión de Amor y Paz. En la puerta saluda a Cecilia, una amiga de sus padres que espera junto a su pareja a que salga la procesión. Antes de bajar han ido en busca de la Hermandad del Vía Crucis que iniciaba su recorrido por Ramón y Cajal, cruz tras cruz, estación tras estación en el día del amor fraterno. Más tarde, han pasado por la Vera Cruz donde un niño con su abuela repartía estampas de la Dolorosa con sus 7 espadas abriéndole las carnes. Después de ver los cuatro pasos desfilar en mitad del paseo de las Úrsulas bajo una amenaza constante de lluvia agotan el día con el desfile monacal trastormesino.

Cecilia y Juan hacen tiempo hasta las 4 de la mañana que Cecilia vuelva a casa a por el hábito blanco y el cinto de siente vueltas de soga. Esa noche tiene una cita importante. Esa noche sale por unas horas con su madre por las calles de Salamanca. Se lo prometió hace años y no ha faltado ni una sola madrugada la salve bajo el manto verde. Se lo prometió por todos esos motivos que quedan entre ellas cuando se miran cara a cara, por todos esos detalles en los que sin duda la Virgen le hablaba de Esperanza, por tanto cariño, por tanto amor que Cecilia sentía por aquella imagen. Esa noche, cuando Cecilia entra en San Esteban, siente como su Madre, bajo el palio, le sonríe cómplice como sólo se sonríe a los que de verdad se quiere y a Cecilia no hay nada que le haga más feliz.

Desde que ella entró en la hermandad, desapareció el olor a viejo y cerrado de la sala de enseres. Si faltaba el cuarto tornillo que unía el farol trasero izquierdo del paso del Pasión Cecilia sabía dónde encontrarlo. También sabías dónde encontrarla si fulanito acababa de perder a su padre o menganito era padre por segunda vez. Tampoco era necesario descolgar el teléfono si a cualquier hora necesitabas cualquier cosa. Ella siempre estaba para todo.

Cecilia vive siempre agradecida, por y para la Semana Santa y no le hace falta que sea Semana Santa, ni tan siquiera que sea primavera porque esta pasión la vive todo el año. Ella se considera una más de la hermandad, pero para la hermandad ella no es una más. Disfruta en la madrugada y en la noche del Viernes Santo, pero también las tardes de antes y las de después y no le importa echar horas a fondo perdido porque cuando acaba todo y se quita el capirote se vuelven a sonreír, a Cecilia la invade un orgullo inmenso. Y sabe que no solo le pasará cada madrugada sino que cuando pase la vida ella también estará. Esperando.


La procesión trascurre en las últimas horas de la noche y poco a poco Salamanca amanece gris, de gris plomizo y gélido viento. Cuando la Esperanza, de terciopelo verde desaparece en la lejanía sobre los hombros ya cansados de Cecilia, San pablo abajo, Laura, sin fuerzas, sube camino del hospital. Laura se ha olvidado de lo que significa la palabra Esperanza ni tiene ganas de parar a rezar un Padre nuestro por su hijo. Esa misma mañana se despide de él para siempre. Todo está consumado. Mientras lo amortaja en el hospital, en el Campo San Francisco hacen lo mismo los hermanos de la Vera Cruz con Cristo Nuestro Bien en su particular hora nona. Allí también está presente su madre, que le acercan el cuerpo de su hijo para darle el último adiós. Pablo, Pablito casi no alcanza a besarle los pies antes de meterlo en la urna de cristal en la que lo velarán todos los salmantinos a lo largo de la procesión.

Fran hoy no se siente con fuerza para nada y ha decidido ver las procesiones desde un rincón cualquiera. Es el primer año que lo hace. Después de ver la histórica procesión de Vera Cruz por la calle Libreros. Disfruta de esa Salamanca que acompaña a la comitiva que avanza bajo el ritmo de “Reo de Muerte” los Azotes, la Caña y la caída con los que los niños aprenden a diferenciar quiénes son “culocolorao” y “bocarratonera”. Y ese nazareno que llaman cariñosamente “chico” caminando hacia la muerte con una sonrisa dibujada en la cara. Acto seguido, el calvario, y la dolorosa portada por los hombres de la Cofradía en un altar barroco que sale a la calle esa tarde para que sea Salamanca entera la que le redima de sus dolores y su pañuelo sea el pañuelo en el que verter todas las lágrimas del mundo. Al dirigirse hacia compañía Ana lo llama desde su balcón. Entre Ana y Fran hay un gran cariño por el tiempo que compartieron en su vida de universitarios. Desde su balcón ven al Nazareno de San Julián camino hacia la plaza Mayor en una estampa que parece de otro tiempo. Sobre la carroza El Nazareno camina al ritmo de la tarde entre el hervidero de gente que se concentra en la ciudad. Hoy más dorada, más cofrade, más devota que nunca. Tras él, el santo entierro que lleva el cuerpo sin vida de Jesús sobre una sábana, San Juan abraza y consuela a su madre, dolorida por la muerte de su hijo. Fran cierra los ojos para abrazar también él a la suya y tornar en calor el escalofrío que recorre su cuerpo de arriba abajo.

El Santo Entierro camina a los sones de la banda. Un joven hace enmudecer a la calle con un solo de trompeta con el que se mece el paso. Javier está cansado de una Semana Santa que va llegando a su fin.


Llegada la noche la Soledad sale a la calle más acompañada que nunca por filas interminables de salmantinos que intentan aliviar el luto negro de su alma con una pequeña luz entre sus manos…. entre los que se encuentra Cecilia, mezclada entre muchos salmantinos que esperan en la calle para ver a la madre. Desde allí, Cecilia se reafirma en el papel que desempeña como cofrade. Ella no solo quiere mirar. Ella prefiere, con la ayuda de la Virgen, vivir conforme a lo que ser cristiano conlleva, para que le ayude a ser mejor persona y que ayude a los que le rodean. Durante todo el año, no solo en Semana Santa, porque esa es su forma de entender la vida. Esa es su pasión. Poner su granito de arena en un mundo tan lleno de soledades, tan de luto, tan insensible. Y al tercer día, con la luz del cirio se abre el cielo de par en par y La Primavera vuelve para desbordarse sobre toda Salamanca. Aquellos brazos abiertos del Doctrinos que caminaron sobre el silencio de la muerte pasan hoy a ser los brazos abiertos del Resucitado que pregonan la vida mientras se come la calle y toda Salamanca es suya. Porque después de tantas cruces, siempre encontramos la vida. Porque después de tanta crisis, de tanta hambre, de tanto sufrimiento, siempre lo encontramos a Él. Después de tantas nubes, siempre sale el sol. Porque aunque vivamos inviernos en nuestras vidas, la Primavera siempre vuelve. Él siempre vuelve.


Y así vive Salamanca y sus salmantinos la primavera. Os he contado unos pocos casos, pero hay miles. Miles que disfrutan con revivir estos días, con el olor del incienso navegando cielo arriba, bajo los aguaceros o los días inestables que sobrevuelan las cúpulas de la ciudad, entrando por cada ventana la vida. Volviendo verdes los campos, Con La senda de claveles rojo marchito por los que camina el resucitado hasta el encuentro con su madre. Con La piedra más dorada que nunca, telón de fondo infinito sobre el que se representan nuestras tradiciones. Con el estruendo de los tambores y las trompetas. Con el mismo Jesús llamando a nuestras casas, a nuestros corazones. Con nuestras pasiones agotadas esperando todo un año para recargarlas de nuevo. Con las mil y una vidas, mil y una pasiones, tan diferentes, tan de todos, tan de nadie, tan auténticas que hacen de esta Semana Santa algo especial.

Y vuelve al tercer día, para que lo sintamos vivo, para que sepamos que está con nosotros, que camina a nuestro lado, y que entendamos que no hay mejor forma de seguirle que imitarle.

Y volverá cada año, para Pablo, María o Fran, para todos. Cada primavera para quedarse, a pesar de los que intentan borrar sus huellas, volverá una primavera tras otra, seguirá perenne de una u otra forma cuando nosotros hayamos pasado.

Dejad que entre la primavera en vuestras vidas, que remueva la pasión de pasiones.


Abrid las puertas y dejad que sea Él el que entre, esta primavera. Dios mediante.