3 de septiembre de 2013

Mente, corazón, tripas… HUMILDAD

Dicen que la mente es una de las herramientas más poderosas del hombre. Por eso me da miedo. Cuando la mente se adueña de ti, date por jodido. Ya no me refiero a los trastornos depresivos, de ansiedad, o similares, de los cuales podría escribir y mucho. No, me refiero a ese poder mental que se antepone a los sentimientos. ¿Pensar o sentir? La pregunta del millón a la que personalmente hace tiempo encontré la respuesta y que a pesar de que se sufre cantidad, considero que no hay nada como hacerle caso al corazón.

Generalmente mis actitudes o decisiones más personales no son pensadas. Si no lo siento, no lo hago. Alguien me dijo hace tiempo: “Angel, si no disfruta, salga de ahí, aléjese de ello, aparte a esas personas de su vida, de su entorno”. Y el tiempo ha sido testigo de que esa sabia mujer estaba en lo cierto. Puedo estar equivocado, pero me reafirmo cada día cuando veo a esas personas que van por la vida usando la razón, el relativismo, el discernimiento… Todo ello como consecuencia de un importante ejercicio mental, en el que los intereses propios son el mejor caldo de cultivo para generar egoísmo, ambición, envidia, celos, odio, resentimiento, etc., apoderándose de su personalidad sin que sean conscientes de que con su actitud hacen muchísimo daño a los posibles destinatarios de “sus envenenados dardos”. Por si esto no fuera suficiente, tras esa seguridad que representan – puro teatro – y basándose en la razón (ahora está de moda el término “discernir”), se esconden personas con gran capacidad de influir en los demás, que con su doble moral o lenguaje, campan por la vida como el peluche “mimosín”, que en cuanto se les va el suavizante, se quedan sin el aroma a primavera y tan “ásperos” como la peor corteza de un árbol.

Como te decía, y sin que con ello trate de arrimar el ascua a mi sardina, apuesto por los que optamos a caminar por este mundo sin red. Cierto es que estamos convencidos de que el corazón es más débil que la mente, que sufrimos más, que el dolor está más presente en nosotros, pues el amor o el desamor nos juega malas pasadas, junto a las decepciones, deslealtades, traiciones… Pero, ¿existe algo más hermoso que escuchar lo que te dice el corazón? No me negarás que todo aquello que haces o dices desde lo que dicta tu corazón no es más de verdad que lo que dice tu mente, por muy alto coeficiente intelectual que tengas.

Discrepo con quien defiende que lo que siente o manifiesta el corazón está provocado por las señales que el cerebro le envía. No creo que exista un bluetooth entre ambos. Ni que el pasado, la experiencia, los años, condicionen lo que uno siente. Por supuesto que si limitan lo que uno piensa, pero el corazón tiene mucho que ver con lo más grande que Jesús nos regaló en su muerte de Cruz: el Amor. Y con el amor, la Esperanza, los sueños, la ilusión, el compromiso, la entrega, la verdad… y a veces la felicidad.

Te preguntarás qué tienen que ver las tripas con todo esto. Sencillo: hay quienes se valen de la mente, quienes optamos por el corazón y quienes no me preguntes por qué, viven, se manifiestan y expresan haciendo caso a sus tripas. Sí, todo ese conjunto de órganos que humanos y animales tenemos situados en la cavidad central del tronco y que una de sus principales funciones es precisamente esa, prepararlo todo para después “cagarla”. Aquí ya no cabe hablar de mente o corazón. Las tripas, al menos en los animales, son despojos puros y duros, así que ya me dirás mi estimado lector o lectora, qué podemos esperar de personajes que van por la vida escuchando lo que “les sale de sus reales tripas”.


Concluyo este post con lo que la Palabra del Señor nos invitaba el pasado domingo a poner en práctica: la Humildad.

El Libro del Eclesiástico nos decía: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará”.

Por su parte, el Evangelista Lucas ponía el dedo en llaga con uno de los textos que más incidencia tienen que ver con esta invitación a practicar la Humildad.

“Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que los convidó a ti y al otro y te dirá: - Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: - Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

Por tanto, si tenemos en cuenta que el camino de la humildad fue el escogido por Jesús, quien nació en un mísero pesebre y murió en la soledad de una cruz, y que siempre gozó de rodearse de los más humildes, de los necesitados, de los enfermos, de los “despojados”, creo que no necesito añadir mucho más para afirmar que la humildad es algo harto difícil de conseguir, pero que sin ella es aún más complicado escuchar la voz del Señor.

¿Mente, corazón, tripas? ¡Ahí quedó!