3 de abril de 2013

Siete "chicotas" de Esperanza


Mucho se ha escrito y hablado desde la Madrugada del pasado Viernes Santo hasta hoy, acerca de lo acontecido a raíz de la presencia de la lluvia a primeras horas de la mañana en la que las hermandades y cofradías sevillanas concluían o continuaban con su Estación de Penitencia.

Y mucho será lo que escribamos y continuaremos hablando, pues sin duda, para los que sentimos el amor y la pasión por la Semana Santa, hechos como estos quedarán grabados para siempre en nuestra memoria y en nuestro corazón.

“Siete chicotás de Esperanza” podría dar para escribir un buen ensayo, unas cuantas hojas de boletines cofrades y, si me lo permites, unas cuantas líneas para acompañar las fotografías de este post.

La lluvia es desde hace unos años, especialmente en Sevilla, la última en incorporarse a la nómina de los cofrades que hacemos Estación de Penitencia, con el agravante de que su presencia solamente viene a alterar la ilusión de muchos, a tenernos 15 días antes pendientes del meteosat, del aemet y de todas las webs del tiempo del mundo mundial. Se ha empeñado en ser protagonista y a fe que lo ha conseguido, aunque en el caso de mi hermandad – nuestra hermandad – de la Macarena, ese protagonismo quedó bastante relegado.

Conocíamos que el líquido elemento haría acto de presencia y por tanto, a quien le correspondía, tenía los deberes bien hechos para afrontar cualquier contratiempo en condiciones de paliar su presencia y que el “daño” fuese el menor posible.

Recuerdo que esperando el relevo en la calle Chapineros comenzaron a caer algunas gotas de agua, nada que hiciese presagiar un chaparrón de los que calan a todo “bicho viviente”. Bajo las trabajaderas uno no ve lo que ocurre en el exterior, pero por ello no es ajeno a lo que “se manda” o a lo que se está viviendo. “Alargar el paso más”, insistía Antonio Santiago, nuestro capataz, una y otra vez mientras el murmullo y los aplausos se entremezclaban con los sones de El Carmen de Salteras. “Alargar el paso más” se convirtió en un andar más rápido aún que “a paso mudá” y sin solución de continuidad nos encontramos encarando la rampa de la Iglesia de El Salvador.

Al salir de debajo del paso mis ojos fueron para Ella y para mis hermanos. Ella estaba bien, aunque mis hermanos y hermanas daban testimonio de que a pesar de la rapidez con que el cortejo avanzó, el agua había hecho mella en ellos. Cuando vi por vez primera las imágenes de los vídeos que se han grabado sobre esos instantes, pude tomar conciencia de lo que realmente habíamos compartido en unos cuantos minutos. Aún me cuesta enlazar palabras que den sentido al cotejar imágenes y sentimientos: paraguas, capirotes, devotos, prisa, maestría, esfuerzo, agua, gris… son términos que se me agolpan en la mente y que me encojen el corazón. Por suerte, como te decía al inicio, las gestiones de la Junta de Gobierno y del Consejo de Hermandades hicieron posible que el Señor de la Sentencia y el cortejo de “morados” se refugiasen en la Iglesia de la Anunciación y Nuestra Madre de la Esperanza y la otra parte del cortejo en el Salvador.

A partir de ahí, y mientras la lluvia seguía haciendo de las suyas, es cuando los que tienen la responsabilidad de estar al frente de una hermandad han de dar la talla. Y, sinceramente, considero que a pesar de las dificultades, del margen de error de las previsiones meteorológicas, del poco tiempo que se dispone para tomar una decisión acertada, etc., la Junta de Gobierno estuvo, ya no sólo atinada en su propuesta, sino que ejerció su papel como en esos momentos hay que hacer, y que a mi juicio no es otro que pensar en lo mejor para el patrimonio de la propia hermandad, es decir, los hermanos, las Sagradas Imágenes y todos los enseres e insignias procesionales.

De este modo y manera, a las 10:00 de la mañana pusimos rumbo a casa. La apuesta tenía sus riesgos, fundamentalmente si no se cumplía con lo previsto bien por los “sabios del tiempo” o bien por los propios hermanos, dado que la tregua que nos daba la lluvia era escasa.

Y es aquí donde la suma de voluntades, donde el amor y la devoción a Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y a María Santísima de la Esperanza Macarena, donde el sentimiento macareno hacen posible y ponen en valor el concepto de hermandad, HERMANDAD EN MAYUSCULAS. El término “todos por igual” se hizo presente y nazarenos, costaleros, capataces, diputados, acólitos, auxiliares, músicos, devotos… dejamos a un lado nuestra condición individual y acuñamos el término de fraternidad, en el que el esfuerzo, el sacrificio, la entrega, el compromiso, la fe, la devoción, la gratitud, dan sentido como digo a ese sentimiento macareno. Sentimiento que fue generosamente reconocido por “el pueblo sevillano” a lo largo de la hora y pico que tardamos en regresar a la Basílica, con una actitud que se me antoja exclusiva de las gentes de la capital hispalense. Ir bajo Ella, sintiendo el calor, el cariño, el aliento de cientos de personas a ambos lados de las aceras, es algo que te da fuerzas y que resulta impagable.

No te voy a desgranar más sobre cómo se desarrollaron esas “siete chicotás” que devolvieron a Nuestros Titulares a su templo, pero no voy a pasar por alto lo que considero justo reconocer, más allá de lo que se pueda decir acerca de la actitud o el comportamiento de la cuadrilla de hermanos costaleros a la que tengo el honor de pertenecer: Sin la experiencia, sin la previsión, sin la unidad, sin la asunción de responsabilidades por parte de nuestros capataces, hermano mayor y junta, diputado mayor de gobierno, etc., nunca habríamos sido capaces de al filo de las 11:30 fundirnos entre abrazos y lágrimas sabedores de que habíamos cumplido con el trabajo para el cual hemos sido llamados y nos sentimos inmensamente privilegiados y qué cada día me pregunto qué he hecho para merecer este honor tan grande.

¡¡¡Mucha Esperanza y Feliz Pascua de Resurrección!!!




















































Y a la voz serena del capataz
se oirá el grito del "puesto",
36 corazones que al compás
la "llevarán al Cielo"