22 de septiembre de 2009

UN OTOÑO DE ESPERANZA

Para ti, que necesitas Esperanza:

Atrás has dejado los rayos del sol que daban vida a tu cuerpo. Luz y calor han estado presentes a lo largo de estos tres meses… y, sin darte cuenta, te has adentrado en una nueva estación: el otoño. El mar, la montaña o la piscina son ya un lejano recuerdo; las fiestas y ferias dan paso a un nuevo curso y, aunque el calor parezca que se resiste a marcharse, no es menos cierto que ya empiezas a sentir el frío en tu cuerpo el cual refugias con cualquier prenda de abrigo.

¡Ay hermano! pero me dices que tu mente y tu espíritu están una “mijita trasroscados”. Como dirían los entendidos, “la caída de la hoja” afecta a nuestras defensas, las cuales tienden a bajar, exponiéndonos a la entrada de quién sabe que tipo de virus. Pero, y los virus que afectan a nuestro alma ¿esos cómo los combatimos?


Alguna vez he escuchado a jóvenes y no tan jóvenes frases como “estoy como el tiempo”. Y en esta precisa época del año, pues estamos como las hojas de los árboles: secas, marchitas, amarillentas… y por los suelos.

Reflexiones tales como “no sé qué hacer con mi vida”, “esto siempre es lo mismo”, “tengo tantos años y ya todo me da igual, paso de todo”, etc. suelen estar en boca de muchas y muchos de mis hermanos y amigos. Y lo que es peor, algunos pasan por momentos difíciles mentalmente, donde los miedos somatizados, los dolores, las ganas de quedarse en casa, en definitiva, las depresiones, están a la orden del día. ¡Ay si yo te contara hermano…!

Bien es cierto que para remedio de muchos de estos males existen terapias y tratamientos especializados que sin duda contribuyen a mejorar nuestro estado de ánimo y gracias a los cuales nos mantenemos firmes cada día. Cada vez somos más los que recurrimos a los “trankimazines” o similares para afrontar nuestros problemas, convirtiéndolos en nuestros compañeros de viajes de por vida.

Ahora bien, sin desechar lo anterior – Dios me libre de entrometerme en los conocimientos de la salud mental – me atrevo, con tu permiso, a proponerte un plan: Un Otoño de Esperanza.

Para ello has de cambiar el ocre de las hojas de los árboles por el verde de su manto; un manto que nos acoge a todos sin condición, nos da cobijo y nos protege de los “virus” que nos acechan. No te pido que hagas como si no pasara nada, sino que busques en Ella la solución a tus males.

Ten fe, porque tu fe se convertirá en auxilio para tu espíritu. Ella, Nuestra Esperanza, es el mejor referente que el Señor nos puede ofrecer para demostrarnos que la confianza en uno mismo, en las personas que quieres y te quieren y, sobre todo, en el amor hacia los demás, son la mejor terapia para paliar tu pesar.

Ábrele tu corazón, deja que sus manos te acaricien, se su fiel imitador y verás como pronto encontrarás su Consuelo. Porque Ella es, sobre todo, Esperanza y Consuelo para nosotros.

Disfruta de las cosas que te ofrece la vida, en el cariño y la amistad que te regalan tus familiares y amigos y cuando se presenten esos momentos en los que el desasosiego y la ansiedad se apoderan de ti, acuérdate de los viejitos de las Hermanitas de los Pobres, de su sonrisa a cambio de unos bailes charros o de un frasco de colonia el día de su cumpleaños. Piensa en todo lo que has puesto de ti para que Ella se sienta orgullosa de lo que haces para que tu proyecto personal de vida no se vea truncado por las debilidades y el pecado.

Y recuerda que Ella, Nuestra Esperanza, está siempre ahí, cada día, cada semana, cada largo mes de este complicado otoño, ofreciéndote la luz, la fuerza, la ilusión para que tus sueños se vean cumplidos, para que tus propuestas no caigan en saco roto, para que su amor fortalezca tu amor hacia los demás,… En definitiva, abre tu corazón a la Esperanza, porque a través de la Esperanza te será más fácil llegar a Su Hijo Bendito, Nuestro Señor, que se Despojó de todo lo suyo para gloria nuestra.