4 de octubre de 2014

Octubre, mes del Rosario - Sevilla


Los orígenes del Rosario en Sevilla hay que vincularlos en principio a los conventos de la Orden de Predicadores (Dominicos) donde desde 1479 se instituyen formalmente las denominadas Cofradías del Rosario, corporaciones dependientes de la Orden dedicadas al ejercicio de esta oración y culto a la Virgen, establecidas en las iglesias de los cenobios dominicanos o bien, en la parroquia mayor de cada ciudad o pueblo e incluso templos pertenecientes a otras congregaciones religiosas, siempre con licencia expresa de la jerarquía de la Orden de Predicadores.

En este año, el Papa Sixto IV confirmó las constituciones de la primera Cofradía de la que se tiene noticia, que es la de Colonia, aunque normalmente se remonta su origen a 1470 en que el carismático dominico Alain de la Roche fundó una por iniciativa propia en Douai.

Todo parece indicar que en el real convento de San Pablo se funda una de estas cofradías en fecha muy temprana, 1481, siendo Prior Fray Alonso de Ojeda, aunque la documentación propia más antigua que se conserva es de finales del siglo XVI.

Con Pío V, el Rosario adquiere una difusión universal, que la historiografía ha relacionado con la Batalla Naval de Lepanto (1571) en que la gran victoria de la Armada cristiana sobre el Turco fue, al parecer, atribuida a la milagrosa intervención de la Virgen del Rosario y a la coincidencia de que el mismo día la Cofradía establecida en Roma había salido en procesión por las calles alabando a la Virgen.

El hecho fue que en 1573 el Papa Gregorio XIII expidió un Breve estableciendo el primer domingo de octubre como festividad de la Virgen del Rosario a celebrar en aquellos lugares donde hubiera altar o capilla dedicada a esta advocación.

Según Ortiz de Zúñiga, en los años finales del XVI o primeros años del XVII había ya una cierta tradición de rezar el rosario en común todas las noches en los templos junto con ejercicios de oración y penitencia, que comenzó en el Salvador y hospital del Amor de Dios y se generalizó en otros varios, incluso con la creación de hermandades.


La devoción al Rosario es fomentada durante este tiempo por los arzobispos Agustín de Spínola en 1646 y, sobre todo, el dominico Fray Pedro de Tapia en 1653 quien mediante un edicto de 10 de mayo "logró excitar grandemente y que se introdujese más frecuentemente el uso de rezar el Rosario en público en los templos, que ya antes más tibiamente se usaba ".

La auténtica carta de naturaleza del Rosario como devoción popular tiene efecto en la segunda mitad de esta centuria y a raíz del triste acontecimiento de la Pestilencia de 1649, verdadera catástrofe para los sevillanos, pues más de la mitad de la población pereció en medio de una gran conmoción. En un régimen de cristiandad como el que vivía Sevilla en el Barroco, el pueblo experimentaba un angustioso sentimiento de culpa, de pecado colectivo por el que Dios castigaba a la ciudad. Toda Sevilla se congregaba para asistir a los distintos ejercicios misionales, creándose un clima de exacerbado dramatismo en torno a la religión.

A fin de preservar que el clima penitencial creado en las misiones no se entibiara y los fieles pudieran perseverar en las prácticas propuestas en las predicaciones, el padre Tirso fomentó la creación de varias hermandades de culto interno dedicadas a ejercicios de penitencia y el rezo del Santo Rosario, concretamente las denominadas Congregaciones de Cristo Crucificado y Nuestra Señora del Rosario que se erigieron por varios devotos en las parroquias del Divino Salvador, San Vicente, San Pedro, San Bartolomé, San Esteban y quizá otras como la de Santa Ana y San Andrés, así como la iglesia de San Hermenegildo. También es fundación suya la Hermandad de la Virgen de la Salud de San Isidoro.


El Rosario público
Se atribuye tradicionalmente al dominico Fray Pedro de Santa María de Ulloa el influjo definitivo de la "explosión rosariana" con la salida de los primeros Rosarios públicos, espontánea iniciativa que tuvo efecto por vez primera la noche del 17 de junio de 1690. Los cofrades de la Hermandad de Nuestra Señora de la Alegría de San Bartolomé salieron comunitariamente en procesión por las calles rezando el Santo Rosario y cantando coplas marianas. Era el comienzo de este gran movimiento popular.

Los primeros Rosarios
En un primer momento salían estas comitivas o "cuadrillas" sin estandarte o Simpecado propio, ni con insignias o imágenes, salvo los faroles para alumbrar el camino y a los devotos, cantando alabanzas y coplas a la Virgen divididos en coros para alternar los padrenuestros y avemarías y dirigidos por uno o dos eclesiásticos que controlaran el orden de la comitiva, marcaran el itinerario y paradas e hicieran los ofrecimientos de los Misterios. Estos primeros rosarios eran muy espontáneos y podemos definirlos como auténticos trasuntos de aquellos rezos comunitarios que dirigía Ulloa en el convento de San Pablo cada día a la aurora, mediodía y prima noche.

El Rosario se planteaba como un ejercicio de devoción y piedad, pero a la vez ostentaba un claro carácter penitencial derivado del clima de las Misiones. Es un signo inequívoco de la cristiandad barroca, que se asume como algo connatural a la propia idiosincrasia del pueblo.

Ciertamente el Rosario público, aunque surge de manera específica en 1690, tiene unos claros precedentes durante el siglo XVI en las cofradías del Rosario dominicas que celebraban los primeros domingos de mes procesiones claustrales con la imagen titular con asistencia de los cofrades con rosarios en las manos y otra solemne por la calle en la festividad del primer domingo de octubre.

Igualmente en las Misiones populares se organizaba una multitudinaria procesión (al comienzo, en el acto de contrición previo) en la que, en pos de un Crucifijo portado por los misioneros, iban las gentes rezando con rosarios y cruces en las manos y además se fomentaba entre los niños el ir por las calles cantando a coros coplas religiosas.


Orden y composición definitiva de los cortejos
Pronto se configuró la estética externa de estos Rosarios con la inclusión de la que será su insignia más distintiva, el Simpecado, que singularizaba cada comitiva si era propio de ella. Sólo desde entonces pueden considerarse ya institucionalizados. Es sintomático que, aunque la Hermandad de la Luz de San Esteban sacara su primer Rosario en 1690, muy poco después del de la Alegría, sus cofrades no consideran erigida esta procesión hasta 1711 en que se adquiere un Simpecado propio y se nombra una diputación especial para su gobierno. El color más característico de estos Simpecados es el rojo carmesí, aunque se constatan también el blanco, verde, celeste, morado o negro, según el carácter de la propia institución que lo organiza o si se trata de un Rosario de ánimas o penitencial. Junto al Simpecado, pronto aparece la cruz como insignia que precede la comitiva. Igualmente tiende a cuidarse más el acompañamiento musical tanto en los coros como en el añadido de auténticas orquestas. Todo esto hace que la comitiva fuera complicándose con un gran aparato externo, se perdiera la primitiva espontaneidad y se necesitara un continuo desembolso económico para su mantenimiento diario.

Hay que destacar al ya citado Fray Isidoro de Sevilla, predicador carismático por excelencia, que en 1703 adapta a Sevilla el modelo de Rosario público de Fray Pablo de Cádiz, aunque con la particularidad de introducir una nueva iconografía mariana, la Divina Pastora de las Almas, que colocó en el estandarte que presidía la comitiva. En la primera década del siglo XVIII está ya perfectamente establecido el orden y composición de estos rosarios.


Tipos de procesiones.
Prácticamente desde el principio se organizaron a diario dos procesiones de estos rosarios, una a prima noche, tras el toque de Oraciones y otra de madrugada, después del toque de alba, horario influido, cómo queda dicho, por Ulloa y sus predicaciones.

Esta segunda procesión se denominaba también de la aurora por salir dos horas aproximadamente antes de salir el sol, a cuyo término los cofrades asistían a la "misa de alba". Estas procesiones de madrugada serán las más comunes a partir del siglo XIX, adoptando definitivamente la denominación de Rosarios de Aurora.

A mediados del siglo XVIII estaban contabilizados 81 rosarios de hombres y 47 de mujeres, aunque no sabemos si en este número figuran separados los de prima y madrugada que organizaba una misma corporación

Como se observa, el Rosario marcaba toda la vida religiosa de los barrios de la ciudad en una cotidianidad dinámica. Pero la procesión no era siempre la misma ni en sus aspectos formales ni en las estaciones que realizaba. Junto al Rosario de a diario, había varias ocasiones a lo largo del año en que la procesión adquiría un carácter extraordinario: así en las vísperas de la festividad de la Virgen titular se sacaba el Rosario de Gala, denominado así porque contaba con unas insignias propias: cruces doradas con espejos, Simpecado con bordados y lienzo de gran calidad, faroles artísticos, orquestas profesionales y estaciones significativas. En varias hermandades se organizaba con este Rosario las "Novenas de calle" como ocurría por ejemplo el de la parroquia de Santa Catalina y que consistía en la salida procesional por las calles de la feligresía durante nueve días, los mismos que se celebraba la Novena de iglesia.

También Rosario extraordinario era el de Ánimas, que cada congregación organizaba durante nueve días (Novena de Ánimas) haciendo estación a retablos de ánimas, cruces o cementerios. Se ha podido constatar la utilización de un Simpecado morado con un lienzo de dolor, como el que todavía conserva el Rosario de los Humeros.


Los rosarios de mujeres
Las mujeres habían quedado relegadas de este uso devocional debido a las prevenciones propias de la época, sobre todo si , como ocurría con los Rosarios, se desarrollaban de noche y habían de conformarse con hacerlo en sus domicilios o bien, se juntaban algunas en coches rezándolo a coros y realizando diversas estaciones. No obstante la inquietud era latente y de hecho se organizaron algunos Rosarios adscritos a congregaciones masculinas. Tuvo que ser nuevamente un fraile dominico, el pacense Fray Pedro Vázquez Tinoco, quien, tras erigir los primeros cortejos en Extremadura en 1730, en 1735 promovió el primer Rosario de mujeres en Sevilla en la iglesia de Santa Cruz, al que siguieron en un primer momento veinticuatro más. Esta iniciativa suscitó una gran diversidad de opiniones en la ciudad y fueron muchos quienes la criticaron abiertamente o a través de letrillas burlescas amparadas en el anonimato. No faltaron tampoco decididos defensores. El uso perseveró y adquirió una notable expansión bien de manera autónoma, bien continuando en la dependencia de rosarios de hombres o de la entidad que los patrocinaba. Por ejemplo, en Santa Catalina, formaba una congregación con una gran autonomía de la hermandad del Rosario, lo mismo ocurría en el Sagrario o en la Hermandad de los Negritos. En el compás de la Laguna se erigió una congregación totalmente autónoma...


Crisis y decadencia del fenómeno rosariano.

A pesar del gran número de Rosarios y de la complejidad a la que habían llegado en sus cortejos, estas procesiones comenzaron a atravesar una primera crisis al finalizar el primer tercio de siglo. La cotidianidad y espontaneidad se estaban prácticamente perdiendo y se mantenía la procesión diaria como una rutina carente de sentido y a la que acudían pocas personas. No obstante el uso continuaba en auge durante las fiestas de octubre o en noviembre con las Novenas de calle o de Ánimas respectivamente.

La crisis comezó a convertirse en clara decadencia al finalizar el segundo tercio muy costeadas, con abundante aparato musical y prácticamente vacías. Los Rosarios parecían haberse convertido en formas huecas de una religiosidad de siglo. Las limosnas de los vecinos no bastaban para sufragar los gastos. Algo fallaba cuando algunos de estos Rosarios tenían que solicitar la ayuda de "enganchadores" que antes de la salida iban por las calles presionando a los vecinos para que participaran en la procesión, recurriendo muchas veces a niños que tomaban este asunto como un juego. Había comitivas que no existía con la fuerza y sinceridad de épocas pasadas. Se resquebrajaba la cristiandad barroca.

Tan gran número de rosarios necesariamente hubo de generar diversas problemáticas cuando, ya en la segunda mitad de siglo, la devoción había perdido en mucho las características primitivas. El propio prelado de la archidiócesis, Cardenal Solís, en 15 de noviembre de 1756 publicó un Decreto sobre los excesos de estos Rosarios, prohibiendo se canten coplas y salves en las estaciones e iglesias. Igualmente prohibe, bajo pena de excomunión mayor, que las mujeres, especialmente de noche, caminen tras los Rosarios de hombres.

Poco a poco disminuyen las procesiones diarias, sobre todo las de Prima Noche, mientras que las de Madrugada tienden a salir los festivos y con su denominación ya de la Aurora, que, poco a poco, va cobrando una nueva fuerza durante toda la centuria decimonónica, especialmente en su segunda mitad, perdurando con altibajos hasta la actualidad.

Van desapareciendo los retablos callejeros desde la mitad del siglo XIX por mor de las reformas urbanísticas. Es otro signo más de la decadencia de esa religiosidad barroca cotidiana, dinámica y espontánea. Las devociones tienden a volver a los templos y de ello son bien conscientes las propias congregaciones y hermandades rosarianas con retablos, por ejemplo, la de la Virgen de Europa, cuyo retablo se traslada a la vecina parroquia de San Martín, ciertamente por la inminencia de la demolición del sitio en que se hallaba, pero con la convicción de sus cofrades de que ya no tenía sentido permanecer allí.

El instituto del Rosario va siendo sustituido por la Procesión Anual de la imagen titular de la Hermandad o congregación, que conserva los elementos del Rosario público y, de hecho, en los primeros momentos mantiene su condición de tal con sus insignias de Gala junto al paso de la Virgen. Al limitarse la cotidianidad, se da mayor importancia al culto interno y sólo queda la Procesión como testimonio de lo que fue en muchos casos el origen de la Hermandad.


El Rosario en la época contemporánea. El Rosario de la Aurora

El Rosario de madrugada o de la aurora constituye una de las dos modalidades ordinarias de las procesiones del Rosario público, fenómeno clave de la religiosidad barroca sevillana, en el que se articula de una manera efectiva y práctica la participación del pueblo. Aunque los primeros rosarios salían de sus respectivas sedes tras el toque de oraciones (prima noche), muy pronto se organizaron por las mismas instituciones: parroquias, conventos, hermandades, congregaciones de vecinos.., otra procesión de madrugada, tras el toque de alba.

Poco a poco, el Rosario de madrugada fue consolidando su práctica. Tenía una gran particularidad respecto al de Prima y es que, tras la recogida de la procesión en su sede, los cofrades asistían a la misa denominada "de alba". Esto indica ya, sin duda, un signo de estabilidad en la congregación organizadora en cuanto a concurso de devotos y cofrades y, por ende, a ingresos económicos que permitiera sufragar los gastos procesionales y estipendios del capellán. También supone un medio de comunión con la religiosidad oficial al favorecer la participación de los cofrades en la máxima expresión de la liturgia que es la eucaristía. Pero aún hay más. Estas misas de alba, que ahora fomentan con frecuencia estos rosarios, suponía facilitar el cumplimiento eucarístico a los trabajadores del campo que comenzaban muy pronto su jornada laboral y también a los pobres y marginados de la sociedad, que a veces no se atrevían por su indumentaria a participar en los cultos de iglesia.

En la primera mitad del siglo XIX, tras el periodo crítico que se ha analizado, se observa un cierto renacimiento de los rosarios, pero con notoria precariedad y reservando su procesión para el mes de octubre, con ocasión de los cultos a la imagen titular, que, desplaza al Rosario en su importancia institucional. Poco a poco el Rosario quedará obsoleto con la procesión annual de la imagen, sobre todo el de Prima, adquiriendo novedad el de la Aurora en señalados momentos a lo largo del año, preferentemente en el mes de octubre.

En 1840 se producen graves desórdenes en el Rosario del convento de San Jacinto y el propio Ayuntamiento solicita a la Mitra la prohibición inmediata de todos los Rosarios que salen en Triana por los incidentes que preocupaban, entre ellos, el uso amenazante de navajas, peleas contínuas, expresiones deshonestas expresadas en alta voz, etc… con la particularidad complementaria de la presencia frecuente de jóvenes de corta edad, a los que se convencía llevasen las insignias. La Hermandad asume los hechos, pero hace firme prometimiento de no reincidir, afirmando que ha renovado totalmente su junta de gobierno, depurando antiguas responsabilidades y asegurando el orden de los rosarios que a partir de ahora salgan. El Arzobispado, tras nueva insistencia del municipio, ordena la supresión del Rosario.

Aspecto importante que ya se observa en la segunda mitad del siglo XIX es el acompañamiento de la imagen titular en la procesión del Rosario. En el caso de los de Prima suponen el último peldaño de la evolución de la comitiva hacia la Procesión autónoma de la Titular. En el de la Aurora constituye un realce del mismo, junto a la aparición de coros de campanilleros.

En la actualidad, los Rosarios públicos se circunscriben a las mañanas de las vísperas de las fiestas principales de hermandades, haciendo estación a alguna iglesia de la feligresía, siendo corriente ser acompañados por la Imagen Titular.


Fuente: Carlos José Romero Mensaque
http://www.rosarioensevilla.org/historia/historia.htm