07 marzo 2011

MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA DE 2011



«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)


Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.

El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».

Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo.

El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.


Benedicto XVI

25 febrero 2011

Dibujos de Ana Rey (Cádiz)






Si estás interesado/a en adquirir alguna de estas obras, puedes ponerte en contacto con Ana Rey a través de la siguiente dirección anarey81@gmail.com o bien con la dirección del blog.

Semillas para la reflexión - Semillas de Paciencia

A veces hasta los corazones más nobles, generosos, pacientes y con grandes dosis de Esperanza, reciben la inesperada visita de algo a lo que los hombres ya nos hemos acostumbrado a escuchar en nuestra cotidiana y estresante vida. Las obstrucciones en las arterias nos juegan malas pasadas y el susto, por decirlo de un modo suave, nos obliga a replantearnos un estilo de vida más acorde con lo que la sabia naturaleza nos enseña. Cuando te visité, acompañado de alguno de mis hermanos, varios fueron los recuerdos que me llevé para casa pero, de un modo especial, las palabras que brotaron de ese corazón que poco a poco ya se va recuperando: tomad las cosas con calma, con tranquilidad, que ya veis lo que pasa después...

Querido Florentino, un placer tenerte de nuevo entre nosotros. Gracias por querer compartir estas "Semillas de Paciencia" con todos los que se acercan a este espacio. Un abrazo muy grande.


LA VIRTUD DE LA PACIENCIA

Si el proverbio persa dice que “la paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces”, el turco afirma que “la paciencia es la llave del paraíso”. Veamos.

1 – La paciencia en la Escritura

El Eclesiástico nos advierte: “¡Ay de aquellos que perdieron la paciencia!” (Si 2,14).

Jesús nos enseña: “Con vuestra paciencia poseeréis vuestras almas” (Lc 21,19). La Carta a los Romanos relaciona la paciencia con la Esperanza: “La Esperanza que se ve no es Esperanza. En efecto, lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos (Rom 8,24-25). San Pablo es claro: “La caridad es paciente” (1 Co 13, 4), “Entre los frutos del Espíritu está la paciencia” (Gal 5, 22).

2 – La paciencia en la Tradición

Tertuliano en su libro sobre la paciencia, 15, dice: “Dios es un grande depositario de nuestra paciencia. Si dejáis en sus manos las injurias, El las vengará; si le encomendáis vuestras pérdidas, El os reintegrará; si le manifestáis una dolencia, El será vuestro médico; y si le ofrecéis vuestra muerte, El os resucitará. Ved cuan heroica será la virtud de la paciencia que obliga al mismo Dios; y no sin razón, porque ella pone en observancia la ley, y tiene parte, en el cumplimiento de todos sus mandatos. La paciencia, fortifica la fe, establece la paz, fomenta la caridad, funda la humildad, facilita la práctica de la penitencia, gobierna el cuerpo, defiende el espíritu, enfrenta la lengua, liga las manos, vence las tentaciones, disipa los escándalos, consuma el martirio, consuela al pobre, modera al rico, disminuye los males, templa los bienes, consuela a los siervos, a sus dueños y el señor a sus criados, da esmalte a la belleza de una mujer, y honor a los hombres.

La paciencia es amable en tiernos niños, laudable en los jóvenes, y respetable en los ancianos: en una palabra, la paciencia tiene el aspecto más bello y admirable en todos los sexos y edades”. San Anselmo por su parte aconseja: “Conservad en todas las cosas la serenidad de espíritu; no se mude la disposición de vuestra alma con la alegría ni la tristeza; sufrid con el mismo rostro todos los golpes; no os turbe accidente alguno, por extraño que os parezca; no haya desgracia que os halle mal dispuestos para recibirla; prevenidlas todas con la reflexión, y preved desde lejos las que os puedan sobrevenir”.

Los versos de Santa Teresa son célebres: “Nada te turbe / Nada te espante / Todo se pasa / Dios no se muda / La paciencia todo lo alcanza / Quien a Dios tiene / nada le falta / Sólo Dios basta”.

3 – La paciencia en el Magisterio

Sufrir con paciencia es una virtud para el Catecismo: “Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia” (n. 2447). El mismo Catecismo define nuestro tiempo como “tiempo de paciencia” (n. 2772). Benedicto XVI, en el Ángelus del día 29 de agosto de 2010, dijo: “Una vez más pues, miramos a Cristo como modelo de humildad y gratuidad: de Él aprendemos la paciencia en las tentaciones...” (cfr. Lc 14,10)”.

4 – La paciencia en la Cultura

Aprendamos de los pensadores prestigiosos: “Adopte el ritmo de la naturaleza; su secreto es la paciencia” Ralph Waldo Emerson. “El arte y la ciencia no bastan, sino que, además, es indispensable la paciencia” Goethe. “Si he hecho descubrimientos invaluables ha sido más por tener paciencia que por cualquier otro talento” Isaac Newton. “La paciencia tiene más poder que la fuerza” Plutarco.

Los males del corazón requieren, a veces, una buena dosis de paciencia.

Así lo he experimentado estos días.

Gracias por vuestra oración.

Un abrazo


Florentino Gutiérrez. Sacerdote Salamanca, 25 de Febrero de 2011


06 febrero 2011

La Dolorosa de las Aguas - Ana Rey


Allá por el mes de Abril de 2010 os presentaba a la escultora gaditana Ana Rey, con la cual he tenido la oportunidad de estrechar lazos en los últimos tiempos a la vez que me ha permitido conocer a alguien muy cercano a ella, Ángel Pantoja, de quien os hablaré próximamente para presentaros también sus trabajos.

Ver enlace de la publicación sobre Ana Rey:

Por aquel entonces os contaba que en esos momentos combinaba sus estudios de restauración con la realización de una Dolorosa, cuyo busto se encontraba policromando, trabajo que prometía buenos augurios, como posteriormente se ha demostrado.

De este modo y manera, el pasado día 28 de enero de 2011 se produjo una noticia que vino a poner de manifiesto uno de los sueños de nuestra admirada Ana Rey y que no es otro que la aceptación por parte del cabildo de hermanos de la Hermandad de las Aguas de Cádiz para incorporar a "su Dolorosa" como Imagen Titular de la corporación gaditana.

La aprobación contó con la unanimidad de los numerosos asistentes y las críticas que se recogieron entre los hermanos no pudieron ser más positivas para la escultura, teniendo siempre presente el realismo que impregna a la hora de plasmar el dramatismo que el dolor y el sufrimiento estuvieron presentes en el Señor y en su Bendita Madre en aquellos momentos de angustia de la Pasión y Muerte de Cristo.

La bendición de la virgen está prevista para mediados del mes que viene y si la autoridad eclesiástica da su permiso a tiempo, procesionará por primera vez en la Semana Santa de 2011 en el misterio del Cristo de las Aguas, que hace su estación de penitencia el Miércoles Santo.

Creo que merece la pena detenerse a contemplar la belleza de esta nueva Imagen de Nuestra Madre, que sin duda gozará de la veneración de muchos gaditanos. Mi más sincera enhorabuena para ti, Ana Rey, muchas felicidades por tu trabajo y ojalá pueda estar pronto contemplándola "in situ", como sabes es mi deseo.




















Gracias a Cádiz Cofrade y a Fernando Casas por la cesión de sus fotografías.