Virgen dolorosísima, Vos sois la
Esperanza de los cristianos; acoged la súplica de un pecador que os ama
tiernamente, honra de un modo especial y pone en Vos la Esperanza de
su salvación. Yo os debo la vida, Vos me volveréis a alcanza la gracia de
vuestro Hijo; Vos sois la prenda cierta de mi salvación.
ORACIÓN PARA EL PRIMER
DÍA DEL SEPTENARIO
Dulcísima María, no una espada,
sino tantas espadas como pecados he cometido, he añadido a vuestro corazón. Las
penas no deben recaer sobre Vos, que sois inocente, sino sobre mí, que he
cometido tantos crímenes.
Pero ya que Vos habéis querido
padecer tanto por mí, alcanzadme por vuestros méritos dolor de mis culpas y
paciencia para sufrir los trabajos de esta vida, que siempre serán ligeros
comparados con mis desméritos, pues por ellos tantas veces me hice acreedor al
infierno. Amén.
Me aflijo, Madre Mía, de Vos
por la segunda espada que atravesó tu corazón al ver a vuestro inocente Hijo,
que apenas había nacido y era ya perseguido de muerte por aquellos mismos
hombres por quienes había venido al mundo, viéndoos obligada a huir a Egipto de
noche y ocultamente.
Por los trabajos que sufristeis
siendo una delicada doncella en compañía de Jesús durante aquel penoso viaje
por países ásperos y solitarios, y mientras habitasteis en Egipto, en donde
siendo desconocidos y forasteros vivisteis todos aquellos años pobres y
despreciados, os pido, Madre mía, que me alcancéis la gracia de sufrir con
paciencia en vuestra compañía hasta la muerte los trabajos de esta vida
miserable, para que en la otra pueda librarme de los eternos tormentos que he
merecido.
ORACIÓN PARA EL SEGUNDO
DÍA DEL SEPTENARIO
¡Oh, María! Después que ha sido
inmolado vuestro Hijo por mano de los hombres que le han perseguido hasta la
muerte, prosiguen estos ingratos todavía con sus pecados ofendiéndole, y
afligiéndoos a Vos, dolorosa Madre. Yo he sido uno de éstos; pero Madre mía,
alcanzadme lágrimas para llorar tanta ingratitud.
Por el trabajo que sufristeis
en el viaje a Egipto, asistidme con vuestro auxilio en el viaje que estoy
haciendo hacia la eternidad, para que pueda ir con Vos a amar mi perseguido
Jesús en la patria de los bienaventurados. Amén.
Me compadezco, Madre mía, de
Vos por la tercera espada que hirió vuestro corazón, cuando perdisteis a
vuestro querido Hijo Jesús, el cual permaneció separado de Vos en Jerusalén por
espacio de tres días.
Entonces, no viendo junto a Vos
a vuestro querido Hijo e ignorando la causa de su ausencia, no sosegasteis
durante toda aquella noche, suspirando continuamente por el que era todo
vuestro amor.
Por los suspiros de aquellos
tres días, tan amargos para Vos, os ruego que me alcancéis la gracia de no
perder a mi Dios, a fin de que viva abrazado siempre con Él en este mundo y
consiga llegar al cielo empíreo para alabarle eternamente.
ORACIÓN PARA EL TERCER
DÍA DEL SEPTENARIO
Virgen Amantísima, Vos
suspiráis por Jesús, Vos que solo amáis a Jesús. Dejadme suspirar por Él a mí y
a tantos pecadores que no le aman y con sus ofensas le han perdido.
Madre mía, si por falta mía
vuestro Hijo no ha vuelto todavía a mi alma, haced Vos que yo le halle. Yo bien
sé que se deja hallar de quien le busca, más haced que yo le busque como debo.
Vos sois la puerta por la cual
todos hallan a Jesús, por Vos espero hallarle yo también. Amén.
Dolorosa Virgen, Madre mía, mi
alma se llena de tristeza al considerar la cuarta espada que traspasó vuestro
corazón al ver a Jesús condenado a muerte, atado con cuerdas y cadenas,
cubierto de sangre y llagas, con una corona de espinas en la cabeza, cayendo
tres veces bajo el madero de la cruz, que llevaba sobre sus delicados hombros,
yendo a morir por nosotros como un inocente cordero.
Entonces se encontraron los
ojos de ambos y vuestras miradas se convirtieron en otras tantas crueles
saetas, con las cuales al mismo tiempo heristeis a los corazones enamorados de
Jesús y de Vos.
Por este terrible dolor, os
suplico que me alcancéis la gracia de vivir resignado a la voluntad de Dios,
llevando con alegría mi cruz en compañía de Jesús hasta el último aliento de mi
vida.

ORACIÓN PARA EL CUARTO
DIA DEL SEPTENARIO
Madre mía dolorosísima. Por el
mérito de aquel dolor que sufristeis viendo conducir a la muerte a vuestro
dulce Jesús, alcanzadme la gracia de llevar con paciencia las cruces que Dios
me envía.
Feliz sería si supiera
acompañaros con mi cruz hasta la muerte. Vos y Jesús, siendo inocentes, habéis
llevado una cruz pesada, y yo pecador, que he merecido el infierno, ¿rehusaré
la mía?
¡Oh Virgen dolorosa! Espero que
Vos me ayudaréis a sufrir las cruces con paciencia y resignación. Amén.
Me lleno de tristeza, Madre mía
dolorosa, al ver la quinta espada que cruzó vuestro corazón, cuando en el monte
Calvario presenciasteis la muerte lenta de Jesús, entre suspiros y desprecios
en el duro lecho de la cruz, sin poderle dar el más mínimo consuelo que se
concede al morir aún a los más malvados.
Os ruego, Señora, por la
angustia que padecisteis junto con vuestro hijo agonizante, y por la ternura
que experimentasteis cuando Él os habló por última vez desde la cruz y se
despidió de Vos, dejándoos por Madre de todos los hombres en la persona de San
Juan. Y Vos, constante allí, le visteis después de inclinar la cabeza y
expirar, os suplico me alcancéis la gracia de que viva crucificado por vuestro
amor, a fin de que pueda consagrarme toda mi vida a Dios y entrar después en el
cielo a gozar de su presencia.
ORACIÓN PARA EL QUINTO
DÍA DEL SEPTENARIO
Madre Mía, ha muerto Jesús, ese
Hijo que tanto os amaba. Llorad, que tenéis razón para ello. ¡Quién pudiera
consolaros! Nada puede daros consuelo sino el pensar que Jesús con la muerte ha
vencido al infierno, ha abierto el cielo, que estaba cerrado para los hombres,
y ha conquistado tantas almas.
En aquel trono de la cruz
reinará sobre tantos corazones que vencidos de su amor le servirán con amor.
Dejadme acercar a Vos para llorar en vuestra compañía, para llora con más
motivo mis pecados, causa de la muerte de Jesús. Madre mía, por la muerte de mi
Redentor y por los méritos de vuestros dolores, espero el perdón y la salvación
eterna. Amén.
Me compadezco de vos, Madre
afligida, por la sexta espada que os traspasó al ver herido de parte a parte el
dulce corazón de vuestro Hijo ya difunto, y muerto por aquellos ingratos que ni
aún después de su muerte habían cesado de atormentarle.
Por este cruel dolor, que sólo
Vos sufristeis, os suplico me alcancéis la gracia de que pueda habitar en el
corazón de Jesús herido y abierto, por mí, en aquel corazón donde se halla la
verdadera morada del amor, donde reposan todas las almas amantes de Dios, y en
donde viviendo yo, no pienso en otra cosa, ni ame más que a Dios.
ORACIÓN PARA EL SEXTO DÍA
DEL SEPTENARIO
¡Oh, Virgen afligida!
Compadeceos de mí que lejos de haber amado a Dios, no he hecho más que
ofenderle.
Vuestros dolores me animan en
gran manera a esperar el perdón; pero esto no me basta. Yo quiero amar a mi
Señor, ¿y quién me podrá conseguir esta gracia mejor que Vos, que sois la Madre
del amor hermoso?
¡Oh, María! Vos consoláis a
todos, consoladme también a mí.
Dolorosa Virgen María, por la
séptima espada que atravesó vuestro corazón mi alma se aflige, al ver en
vuestros brazos a tu querido Hijo Jesús difunto, no ya hermoso y cándido como
lo recibisteis en el establo de Belén, sino ensangrentado, lívido y cubierto de
heridas, que le dejaban los huesos descubiertos, diciéndole entonces: Hijo mío
¿a qué estado te ha reducido el amor? Y cuando le llevaban al sepulcro
quisisteis acompañarle y colocarle en él con vuestras manos hasta que, dándole
el último adiós, dejasteis allí vuestro amante corazón sepultado con vuestro
Hijo. Por los muchos martirios que sufrió vuestra hermosa alma, alcanzadme el
perdón de las ofensas que he hecho a mi Dios, de las que me arrepiento de todo
corazón. Defendedme de las tentaciones y asistidme a la hora de mi muerte, a
fin de que salvándome por los méritos de Jesús y vuestros vaya un día, con
vuestra ayuda, después de este miserable destierro, a cantar en el cielo las
alabanzas de Jesús y las vuestras, por toda la eternidad.








ORACIÓN PARA EL SÉPTIMO
DÍA DEL SEPTENARIO
Virgen Madre de Dios y Madre
mía, haced que tenga presente constantemente la pasión de Jesucristo y vuestros
santos dolores, a fin de que todos los días de mi vida los emplee en llorar
esos dolores y los de mi Redentor Jesucristo. Espero que estos dolores en la
hora de mi muerte me darán confianza y fortaleza para no desesperarme a la
vista de las ofensas que he cometido contra mi Señor. Estos me han de alcanzar
el perdón, la perseverancia y el cielo, en donde espero regocijarme después con
Vos, y cantar las misericordias infinitas de mi Dios por toda la eternidad.
Amén.
Textos extraídos de la web
oficial de la Hermandad
de la Macarena de Sevilla
