06 febrero 2009

Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2009



"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mateo 4, 2).


Queridos hermanos y hermanas:

Un año más, el Santo Padre nos regala su magisterio y nos dirige su reflexión de cara a la Cuaresma que en breves días dará comienzo.

Benedicto XVI nos anuncia en su mensaje que la Cuaresma es un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso. La Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor: la oración, el ayuno y la limosna, para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Pregón pascual).

En esta ocasión, el Santo Padre nos invita a reflexionar sobre el valor y el sentido del ayuno. Para ello, nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2).

De este modo, el Papa plantea la siguiente interrogante: ¿qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento? Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17).

En el Nuevo Testamento, Jesús nos dice que el verdadero ayuno consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Por consiguiente, el ayuno tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34).

Benedicto XVI es consciente de la realidad de nuestros días, y plantea que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios.

Así mismo, la práctica fiel del ayuno contribuye a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Pero el Santo Pontífice llega aún más lejos con su reflexión sobre el ayuno. Éste nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos y más en unos momentos de crisis económica global. “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (Jn 3,17).

Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna.

Concluye el Santo Padre haciendo un llamamiento a todos los cristianos. Queridos hermanos y hermanas: Bien mirado, el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, (Juan Pablo II - Encíclica Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical.

Sigamos por tanto la doctrina del Papa Benedicto XVI y, como cristianos y cofrades, vivamos la Cuaresma ya no solo como un tiempo para la reflexión, sino también aprovechando la oportunidad que se nos presenta para acercarnos más al prójimo, para acudir cada domingo a escuchar la Palabra de Dios, para recordar que El que fue Sentenciado y Despojado de sus vestiduras por y para nuestra salvación y que Ella, que es Caridad y Consuelo para todos, nos regala su Esperanza en estas épocas difíciles para todos.

Un saludo macareno.


05 febrero 2009

Un milagro llamado Macarena - Pregón de la Semana Santa de Sevilla 2001


Me siento en la obligación de contaros una pequeña historia. Es la historia dramática de una muchacha de apenas quince años, llamada Granada en honor de la Virgen de Llerena, pueblecito extremeño lindante con la provincia de Sevilla que tal vez muchos de vosotros conozcáis.

Prácticamente vi nacer a esa chiquilla, hija de unos viejos y entrañables amigos, a la que una deficiencia cardiaca provocó una irremediable y definitiva embolia. Sus padres apenas tuvieron tiempo de tomar su mano y ver sus ojos cerrados, y su cuerpo inerte y su labio breve y adolescente desdibujado por la gravedad. Fueron interminables días de agonía. Días de despedida. Días de desolación. ¿Qué puede ser peor que ver morir a un hijo en la primavera incipiente de la adolescencia?

El catorce de diciembre era la noche del traslado de la Macarena desde su camarín al altar. El Hermano Mayor me había confiado el emocionante privilegio de tomar a Nuestra Señora por la cintura durante ese fugaz paseo por los cielos. Los padres de Granada, al borde ésta de su último suspiro de vida, supieron de boca de los médicos lo irreversible de la situación: los jazmines de sus ojos no se habrían de volver a abrir. Solo quedaba la Fe, la que consuela territorios anegados por el llanto, la que brinda al hombre la esperanza de cada amanecida.

Aquella noche, con el rostro de Nuestra Señora a unos pocos centímetros de distancia, rogué con todas mis fuerzas que las manos de Granada fueran las mías, que sus labios fueran los míos, hechos oración y súplica. Rogué a la Macarena consuelo para esas almas, regazo para esa niña, plaza de amor en el paraíso, milagro en la Tierra, vida en la vida. Se lo dije en el verso asonante de una oración, en el ruego descarnado de mi corazón apesadumbrado. Mis manos estaban en el talle de la Madre de Dios y mi mejilla rozaba la suya, en un sueño imposible de hombre enamorado.

Al día siguiente, una llamada telefónica comunicó lo que todos veníamos esperando. Un hilo de voz emocionado y lloroso me confirmó que a esas mismas horas de la noche de ayer, Granada, la dulce muchacha que apenas había estrenado el camisón caliente de la vida, la novia impensable de esa muerte inesperada, la breve Granada de una vida apenas asomada al balcón de las cosas.... ante el asombro de sus médicos y cuidadores, había experimentado una inexplicable mejoría, había abierto sus ojos, tomado la mano de los suyos y pronunciado el nombre de su madre con un hilo de voz tras el que se adivinaba la vida. Estaba viva. Nadie podía explicárselo... excepto yo.

No digáis que me lo calle
porque merece la pena.
Yo tuve a la Macarena
sostenida por el talle.
Si me faltaba un detalle
para sentiros hermanos
miradme aquí, en estas manos
donde el amor dejó huella.
Después de tocarla a ella
¿soy de aquí o no, sevillanos?


(Fragmento del Pregón de Carlos Herrera - Semana Santa Sevilla 2001)

04 febrero 2009

¿Cómo te gusta más la Macarena, sevillano? Pregón Semana Santa de Sevilla 2001



¿Cómo te gusta más la Macarena, sevillano?
¿Con la penumbra del último brillo de su candelería
o con la primera luz de la mañana
asaltando su rostro en una calleja?

Dime, ¿cómo te gusta más?
¿En la soledad de su camarín o en la multitud de su Arco?
¿Cómo te gusta más la Macarena?
¿En la suave y llorosa mecida de cualquier segundo de su Estación
de Penitencia o en su víspera hebrea una tarde de paseo?

Dime, sevillano, ¿cómo te gusta más?
¿Surcando el atronador griterío de corazones que le espera en su
salida o recogiendo las lágrimas que la arropa en su vuelta?

¿Cómo te gusta más la Macarena?
¿En la quietud de Sor Ángela o en el arrebato del Duque?
¿En el silencio de la Catedral o al amparo de las voces de su barrio?
¿Entre el bullicio de calle Parras o en su encuentro con la
Anunciación al compás melancólico de Valle?

Dime, ¿cómo te gusta más?
¿Al verla llegar, buscándote con su mirada oyéndose de ti,
mientras ves su Palio cimbrear por su trasera y te invade esa
pegajosa agonía de lo ausente?

Hoy, se aparece Dios en el relente
de una noche resuelta en Macarena.
Se me viene un latido bruscamente
y se alivia el dolor de mi condena.

Voy contigo, Señora, hacia la calle
esperando el milagro y el asombro.
Ceñiremos Sevilla por el talle
y a la luna, el brazo por los hombros.

Tú tenme, Macarena, sin medida
predispuesto a añorarte y a quererte
porque una aurora entera fue vencida
para llegar aquí, y poder verte.

Y para hincar al pie de tus altares
el peso de mi fe en mis rodillas
y esperar que en el cielo se dispare
un repique de amor y campanillas
que anuncie que la Madre de Sevilla
llega a casa, feliz, amaneciendo
tan hermosa, resuelta y tan sencilla
que hasta el cielo en su amor se le va abriendo
azahar por los ojos, por las manos.
Siento a Dios cabalgando por mis venas.

Yo no sé lo que pasa, sevillanos
cuando miro pasar la Macarena.

(Fragmento del Pregón de Carlos Herrera – Semana Santa Sevilla 2001)

02 febrero 2009

Las Hermanitas de los Pobres - Salamanca


Mis palabras de hoy van dirigidas a unas mujeres entrañables, las cuales tuve la oportunidad de conocer a finales del año 2007. Desde entonces y gracias a la Asistencia Social de la Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras y María Santísima de la Caridad y del Consuelo, los lazos que me unen a las "hermanitas" son cada vez más estrechos y pido a Dios que sea por muchos años.

La Congregación de las Hermanitas de los Pobres nace en Francia en 1839, cuando Juana Jugán, su fundadora, acogió en su casa a la primera anciana. A ésta la seguirían muchas más y así han llegado hasta nuestros días.


Su misión particular es el apostolado con los ancianos más desfavorecidos económicamente, siguiendo los postulados que dejó instituidos su fundadora. Un servicio que está sellado con el voto de hospitalidad y que se fundamenta en el espíritu evangélico de las Bienaventuranzas: humildad, pobreza, sencillez y confianza incondicional en la bondad de Dios.

Siguiendo a Juana Jugán, reconocen a Jesús en la persona de los ancianos pobres, contribuyen a acogerlos, a hacerlos felices en el marco de una atmósfera familiar, les acompañan espiritualmente siempre desde el respeto a sus creencias y costumbres y los sostienen hasta el momento en que reciben la llamada del Señor para acudir a su encuentro.

Mi proximidad a ellas en este periodo de tiempo me ha permitido comprobar su cercanía a los ancianos, siempre a su escucha, a quienes sirven y se entregan satisfaciendo sus necesidades y deseos, con el fin de que se sientan respetados, amados y útiles hasta el final.


Y todo ello porque su proyecto personal de vida, lo que le da sentido a su misión en esta vida, es su amor a Jesucristo. La oración, fuente de caridad y de alegría, hace posible ese don, ese carisma, que ellas poseen de manera especial.

Evidentemente esta humilde tarea no sería posible sin el apoyo, sin el auxilio de muchas personas anónimas, de empresas e instituciones, incluso de hermandades y cofradías, quienes prestan su ayuda personal o económica para el sostenimiento de la obra.


Vaya por tanto mi admiración y respeto por "mis hermanitas", porque gracias a ellas he aprendido a querer y a respetar a los mayores, he dejado de mirar constantemente a mi ombligo, he encontrado otra dimensión más a mi fe y, sobre todo, me ha acercado más al que lo necesita y, por supuesto, al Señor que se Despojó de todos sus bienes, dejándonos su legado: "He venido a servir, no ha ser servido".


Si deseas colaborar con la obra, puedes ponerte en contacto en la propia residencia (Avdª de San Agustín 43-63 C.P. 37005 de Salamanca - Teléfono 923 22 08 90 o en la página web de la hermandad de Jesús Despojado de Salamanca: http://www.despojadoycaridadsalamanca.es/